El santo postergado

"Pues tendré que comerme las perdices que para esta noche encargué."
                            El brujo postergado, Jorge Luis Borges

Cuando yo era niño, el padre Félix Varela tenía doble personalidad. En la escuela era un camarada revolucionario que había enseñado a pensar a los cubanos; en casa y en la iglesia era un santo sacerdote que había enseñado a pensar a los cubanos. De esas imágenes divergentes concluí que lo único que podía dar por seguro era que Félix Varela no había sido un buen pedagogo.

Recordé esa melancólica certeza este domingo de Pascua, cuando leí que el Cardenal Timothy Dolan, arzobispo de New York, acababa de anunciar que Félix Varela era ya venerable (paso previo al de beato).


En mi adolescencia, se decía en la iglesia que Varela había estado a punto de ser obispo auxiliar de New York, pero que la Corona española había ejercido presiones sobre el Vaticano hasta impedirlo. Es bueno recordar que ser obispo auxiliar de New York en esa época era como ser viceministro de pesca en Bolivia: Cuando monseñor Du Bois tomó posesión de la diócesis en 1827, la ciudad de New York tenía seis sacerdotes. Y ese mismo año, cuando el padre Varela fundó la Transfiguración, esta se convirtió en la cuarta iglesia católica de toda la ciudad. 
Pero el hecho es que, si es cierta esa repetida historia, la mitra de Varela fue postergada para evitar ofender al Rey de España. 


Ahora parecía muy extraño que se hubiese postergado también el anuncio de que Varela había llegado a la condición de venerable. Obviamente, el momento (y lugar) idóneo para anunciarlo hubiese sido en Cuba durante la visita del Papa. De hecho, en marzo hubo numerosos reportes de prensa que habían predicho ese anuncio. ¿Por qué se habrá postergado? ¿Habrá ejercido el Rey de España presiones para impedirlo? 

Recordé entonces que en 1986, cuando se anunció la introducción la causa del padre Varela (primer paso en el proceso de canonización), se comentaba en círculos católicos de La Habana que varios funcionarios del gobierno habían expresado su disgusto ante aquella decisión. Los funcionarios, se decía, consideraban que canonizar a Varela sería secuestrar para los católicos una figura que era de todos los cubanos. (Renuncio a analizar la extraña lógica que se podría hallar detrás de semejante razonamiento.) Hoy, miércoles martes 10 de abril, a 72 48 horas del anuncio, no logro encontrar 
en ningún sitio del dominio de Cuba (.cu) la noticia de que el Papa ha declarado al padre Félix Varela venerable. Estoy seguro de que se trata de una mera coincidencia infeliz. Sin embargo, no sería arriesgado suponer que en esta reciente postergación de Varela, el rey Juan Carlos de Borbón debe ser perfectamente inocente. Sabe Dios quién se quedará esta vez sin probar las deliciosas perdices de don Illán de Toledo.
    

Cristo muere crucificado en Washington Heights

Ayer, en la tarde del Viernes Santo, fuimos con los pequeños a desandar el Via Crucis en las calles de Washington Heights. La crucifixión de Jesús, nos asegura San Pablo, fue "escándalo para los griegos", que era la gente bien pensante de su tiempo. Y a ver el escándalo salimos. 


Foto: Tersites Domilo

En una esquina donde la única pasión que se adivinaba era la de cuatro quisquellanos por el dominó, una señora dijo a sus acompañantes: "No se deberían demorar tanto, los disfrazados andan sin zapatos". Un filósofo cibaeño que estaba a su lado le respondió inmediatamente: "Pero e' que e'ta vaina e' así, doña".

Este Via Crucis, que organiza la parroquia Reina de los Mártires, no será confundido nunca con la Semana Santa de Sevilla. Es simplemente una expresión de fe marcada por la inmediatez de la inocencia: su objetivo es claramente proselitista. No es cool, es real.

Los legionarios —romanos genuinos de San Pedro de Macorís—, llevaban sandalias Clark y espinilleras plásticas de centuriones de mentiritas, pero se comportaban con la convicción que regala el celo apostólico, no las clases de dramaturgia. El jefe de la cohorte increpaba a Jesús con una aspereza y una naturalidad dignas del Actor's Studio. Los dos ladrones tenían la estampa perfecta de los tígueres del barrio, y llevaban la ropa que lucen siempre los detenidos en los telediarios de New York, y una blusa muy parecida a la de los inquilinos de Rikers Island. Pier Paolo Passolini se hubiese enamorado de los dos, cinematográficamente hablando, al instante.


Al desembocar en una calle la procesión se detuvo frente a una botánica; Jesús cayó por primera vez ante una tienda de ropa para jovencitas llamada Bless, cuyo letrero era de ese color hereje que llaman Barbie pink; su segunda caída fue en un paso peatonal frente a la farmacia Caribe; un borracho pasó entonces gritando improperios, no sé si dirigidos a Cristo o a los cristianos; en un momento, Jesús se detuvo frente a un letrero que decía "Store for rent" y cayó por tercera vez; 
un gato miraba la escena desde el anuncio de cerveza Corona donde se había trepado para escapar de la multitud.

Llegamos de vuelta a la iglesia, los ladrones fueron crucificados en silencio; los altavoces transmitieron entonces los martillazos con que clavaban las manos y los pies de un gimiente Jesús. (Recordé a mi amigo David, judío y ateo, devotamente anticatólico, que me decía: "Ustedes tienen la repugnante costumbre de colgarse al cuello un cadalso labrado en oro".) M
is hijos hacían preguntas incesantes a su madre y me pedían que los cargara para ver la ejecución. Cristo dijo las Siete Palabras desde lo alto de la cruz. Me pregunto cuánto habrán entendido mis hijos de lo que veían; cuánto habrán comprendido los feligreses, cuánto entiendo yo de ese escándalo de un dios que muere cada año rodeado por inmigrantes dominicanos en el Alto Manhattan. Pero ayer en la tarde, en las calles de Washington Heights, estuve tan cerca de entenderlo todo como nunca antes. 

[Aquí pueden ver las fotos que tomé durante el Via Crucis. Si pulsan la imagen la pueden agrandar.]



Cristo muere crucificado en Washington Heights

Ayer, en la tarde del Viernes Santo, fuimos con los pequeños a desandar el Via Crucis en las calles de Washington Heights. La crucifixión de Jesús, nos asegura San Pablo, fue "escándalo para los griegos", que era la gente bien pensante de su tiempo. Y a ver el escándalo salimos. 


Foto: Tersites Domilo

En una esquina donde la única pasión que se adivinaba era la de cuatro quisquellanos por el dominó, una señora dijo a sus acompañantes: "No se deberían demorar tanto, los disfrazados andan sin zapatos". Un filósofo cibaeño que estaba a su lado le respondió inmediatamente: "Pero e' que e'ta vaina e' así, doña".

Este Via Crucis, que organiza la parroquia Reina de los Mártires, no será confundido nunca con la Semana Santa de Sevilla. Es simplemente una expresión de fe marcada por la inmediatez de la inocencia: su objetivo es claramente proselitista. No es cool, es real.

Los legionarios —romanos genuinos de San Pedro de Macorís—, llevaban sandalias Clark y espinilleras plásticas de centuriones de mentiritas, pero se comportaban con la convicción que regala el celo apostólico, no las clases de dramaturgia. El jefe de la cohorte increpaba a Jesús con una aspereza y una naturalidad dignas del Actor's Studio. Los dos tenían la estampa perfecta de los tígueres del barrio, y llevaban la ropa que lucen siempre los detenidos en los telediarios de New York, y una blusa muy parecida a la de los inquilinos de Rykers Island. Pier Paolo Passolini se hubiese enamorado de los dos, cinematográficamente hablando, al instante.


Al desembocar en una calle la procesión se detuvo frente a una botánica; Jesús cayó por primera vez ante una tienda de ropa para jovencitas llamada Bless, cuyo letrero era de ese color hereje que llaman Barbie pink; su segunda caída fue en un paso peatonal frente a la farmacia Caribe; un borracho pasó entonces gritando improperios, no sé si dirigidos a Cristo o a los cristianos; en un momento, Jesús se detuvo frente a un letrero que decía "Store for rent" y cayó por tercera vez; 
un gato miraba la escena desde el anuncio de cerveza Corona donde se había trepado para escapar de la multitud.

Llegamos de vuelta a la iglesia, los ladrones fueron crucificados en silencio; los altavoces transmitieron entonces los martillazos con que clavaban las manos y los pies de un gimiente Jesús. (Recordé a mi amigo David, judío y ateo, devotamente anticatólico, que me decía: "Ustedes tienen la repugnante costumbre de colgarse al cuello un cadalso labrado en oro".) M
is hijos hacían preguntas incesantes a su madre y me pedían que los cargara para ver la ejecución. Cristo dijo las Siete Palabras desde lo alto de la cruz. Me pregunto cuánto habrán entendido mis hijos de lo que veían; cuánto habrán comprendido los feligreses, cuánto entiendo yo de ese escándalo de un dios que muere cada año rodeado por inmigrantes dominicanos en el Alto Manhattan. Pero ayer en la tarde, en las calles de Washington Heights, estuve tan cerca de entenderlo todo como nunca antes. 

[Aquí pueden ver las fotos que tomé durante el Via Crucis. Si pulsan la imagen la pueden agrandar.]



Una camilla milagrosa


Si usted entra ahora en Goggle y hace una búsqueda con las palabras camillero y papa, verá que los veinte primeros resultados se refieren al ataque de un camillero de la Cruz Roja cubana a un asistente a la misa del Papa en Santiago de Cuba que gritó "abajo el comunismo" poco antes del incio de la celebración. 

Si usted hace la misma búsqueda, pero limitándose a los sitios del domino cubano ".cu", no hallará ni una sola referencia al incidente en los cien resultados que aparecen. El primer enlace que verá  es un artículo de Juventud Rebelde que tiene un 
título irreprochable: "El mejor oficio: hacer el bien". Hay otro que lleva el sugerente encabezado de "Respuestas certeras frente a golpes enemigos", pero —contra todas las probabilidades— no trata del incidente de la misa papal.

Tampoco en el sitio de la Cruz Roja Cubana hay ninguna referencia al asunto, a pesar de que ayer se informó que el camillero había sido expulsado de esa entidad. En la sección "Al día" tienen noticias de evidente relevancia e interés como, por ejemplo, una sobre "El tomillo, una cura potencial para el acné" y otra que hace una advertencia devastadora para el futuro del ciclismo femenino: "Montar bicicleta puede afectar a la sensibilidad genital de las mujeres". Pero no se dice nada del atlético camillero de Santiago.


Todo parece indicar que ninguna persona de las que escriben en los dominios ".cu" tiene nada que decir al respecto. Será que los periodistas, blogueros y comentaristas que escriben en esos dominios coinciden en que es un hecho sin importancia. No solo eso: ni uno solo de ellos cree que valga la pena comentar, criticar o rebatir la algarabía que ha hecho cierta prensa sobre el asunto. Es un caso de coincidencia nacional casi milagroso. Esa unidad singular, si bien no es frecuente, es sin dudas posible. Bastaría recordar el caso de Corea del Norte, por ejemplo... 

Una crónica: La cuarta pared, esta vez en New York

El Centro Cultural Cubano de Nueva York presentará  La cuarta pared, obra del dramaturgo y director cubano Víctor Varela, producida por Teatro Obstáculo, este sábado 7 de abril de 2012, a las 8:00 p.m., en la sala Leonard Nimoy Thalia del Symphony Space de Manhattan. Sobre la puesta anterior en Brooklyn de esta obra publiqué el año pasado una crónica que pueden leer aquí:


Tersites: La cuarta pared, esta vez en New York: En el año de gracia de 1989, mientras en Europa la libertad derribaba el Muro, en Cuba las balas derribaban a un general y a varios de sus c...

El camillero y la historia

Anteayer, monseñor Dionisio García Ibáñez, Arzobispo de Santiago de Cuba, le dijo al Papa en su mensaje de bienvenida:
Hemos llegado a la violencia entre cubanos que hace sufrir a todos y no beneficia a nadie, hiere la dignidad y dificulta el verdadero desarrollo material y espiritual de nuestro pueblo. Es necesario superar todas las barreras que separan a los cubanos entre sí.
Minutos después, el Santo Padre tuvo ante sus ojos, allí mismo en la misa, un ejemplo de la violencia entre cubanos que lamentaba minutos antes el Arzobispo. (Abajo está el video.) Cuando ocurren incidentes como estos, en los que alguien grita alguna frase contra el Gobierno y al instante es violentamente atacado por varios individuos o toda una turba, se repite un ritual que ya conocemos. La disidencia afirma que los atacantes son agentes o policías vestidos de civil, mientras que los partidarios del Gobierno afirman, una y otra vez, que se trata de simples ciudadanos 'enardecidos'.

¿Es una manera eficaz de defender al Gobierno cubano decir que se trata de 'el pueblo enardecido'? No lo parece. Si fueran policías vestidos de civil o paramilitares los encargados de agredir físicamente al que expresa cualquier idea distinta de la oficial, el problema sería penoso y grave, pero no indicaría una quiebra moral del país. En cambio, si fuese cierto que hoy en día para la mayoría de los habitantes de la Isla la única reacción posible ante quien piensa diferente es la agresión física, entonces sí habría que temer que el alma misma de la nación estuviese enferma —grave. Y esa no es una responsabilidad con la que nadie, a la larga, querría cargar. 




Benedicto XVI en La Habana: el pasado de la esperanza

En La ciudad de Dios, San Agustín refuta la teoría del eterno retorno aduciendo que la cruz y la resurrección no pueden ser rebajadas a la banalidad de las innúmeras repeticiones. En ese sentido, la visita del papa Benedicto XVI a Cuba es el final de la esencial singularidad de aquella que hiciera en 1998 Juan Pablo II. Y como sucede con todo evento repetido, uno se pregunta qué ha pasado desde la última vez. ¿No es acaso este el momento de pasar revista? ¿Cuáles fueron las expectativas y los sueños que Juan Pablo II trajo a Cuba o generó entre los cubanos que lo escucharon y aplaudieron? ¿Y qué pasó con aquellas esperanzas? 

Uno mira atrás, y recuerda el paso del papa Wojtyla por Cuba, su exhortación a no tener miedo; uno recuerda aquellos días de júbilo genuino, de adivinadas certezas, de infinita potencialidad; uno recuerda su insistencia en el carácter católico y occidental de la nación cubana; su evocación del soplo del Espíritu Santo sobre La Habana; uno recuerda que pareceía posible  soñar con la reconciliación. ¿Y qué pasó entonces? ¿Cuál fue el efecto de esa visita en la Iglesia que peregrina en la Isla, en el país mismo, en los cubanos?

¿En qué medida Cuba se abrió al mundo y el mundo a Cuba? ¿Fue el miedo despojado de su preeminencia entre nosotros? Estos catorce años, ¿fueron los tiempos de mayor tolerancia, de fe renovada y creciente libertad, de más apertura y menos odio, que la visita de Juan Pablo II hizo imaginar a tantos? 

Catorce años después, ¿ha dejado Cuba de ser un país donde hay solo una manera aceptable de pensar, un solo partido en el que militar, un solo programa que obedecer; donde pensar diferente se considera como una modalidad de la traición? Catorce años después, ¿es aún posible que si un grupo de mujeres salen a la calle a protestar contra el gobierno, las siga un una turba que incita a asesinarlas cantando: "Machete que son poquitas"? ¿Se parece ese país de hoy a la esperanza de aquellos días o es una pesadilla de la que no acabamos de despertar?

¿Cuál ha sido la tónica dominante de estos catorce años: la fe, la audacia y la mirada puesta en el futuro; o el cinismo, el miedo y el estacamiento en el pasado? ¿Hay en Cuba hoy menos odio o menos injusticia que en 1998?  

¿Cómo ha cambiado la imagen de la Iglesia en Cuba desde entonces? ¿Es hoy esa Iglesia más eficaz en su misión evangelizadora, más solidaria con los que no tienen voz y más cercana a su pueblo, que hace catorce años?  

Juan Pablo II, al entrar en La Habana en 1998, era un hombre envejecido y enfermo, pero con la mente y el alma intactas. Durante aquellos días se entregó a Cuba con una fuerza que evidentemente no provenía de aquel cuerpo macerado por el trabajo, los años, la enfermedad y las balas. Todo lo que pudo hacer, lo hizo. El resto dependía de los cubanos. ¿Y qué hicimos?

A la hora de fijar expectativas para la visita que el papa Benedicto XVI inicia hoy, deberíamos tener en cuenta lo que sucedió con las expectativas la vez pasada. Y sumarle a eso que el papa Ratzinger no tiene el don de gentes que tuvo el papa Wojtila. Y que monseñor Meurice, que tenía el valor de decir la verdad, ya no está entre nosotros. Solo después de sacar esas cuentas deberíamos comenzar hilvanar expectativas para esta visita. Quizás eso nos haga regresar a donde debimos ponerlas siempre: a Dios. Porque —digámoslo con perfecta honestidad—, lo que necesitamos a estas alturas sólo puede calificarse de milagro. 

En los zapatos del Cardenal

El día 14 de marzo, el Arzobispado de La Habana informaba que en el día 13, trece personas, identificándose como disidentes, habían entrado a la Basílica Menor de Nuestra Señora de la Caridad y se negaban a abandonar el templo. (Se supondría que en Cuba todo el mundo sabe que el 13 es número de mala suerte, pero eso ese otro cuento.) El resto de esta historia es conocido, y es un hecho que marcará la imagen de la Iglesia en Cuba y el episcopado del cardenal Jaime Ortega. Y que hará que muchos juanes lo piensen dos veces antes de montarse en cualquier bote confiando su suerte a la protección de Cachita. Pero volvamos a la nota de prensa original, que parece sacada de una edición de Pravda de la época de Brezhnev, pero que sugiere algunas preguntas necesarias.

La nota apareció primero —se supone— en el sitio web de la Arquidiócesis, para luego pasar al Granma, donde la colgaron* a las 7:00 p.m. del día 14, es decir, poco más de 24 después del inicio de la "situación crítica". En esas 24 horas, ¿qué había logrado averiguar el redactor del comunicado? Varias cosas: 
1. "Se trata de una estrategia preparada y coordinada por grupos en varias regiones del país"; 2. "No es un hecho fortuito, sino bien pensado y al parecer con el propósito de crear situaciones críticas a medida que se acerca la visita del Papa Benedicto XVI a Cuba"; 3. "otros grupos y personas disidentes fueron convocados a ocupar templos en otras diócesis".

Si en la Arquidiócesis de La Habana sabían todo eso el día 14 a las 5:00 p.m., ¿es posible creer que la Seguridad del Estado no supiera absolutamente nada del asunto 24 horas antes? 
¿Cómo se puede explicar que los omniscientes agentes de "Las razones de Cuba" de pronto hayan quedados ciegos ante una acción de protesta coordinada entre decenas y decenas de personas de varias provincias del país? 

Aceptando la tesis más probable —que las autoridades sabían lo que iba a suceder y decidieron callarse y permitir que ocurriera—, ¿qué objetivo perseguían con esa estrategia?
 Y, lo que es más relevante¿no se habrán hecho esa misma pregunta ese día en el Arzobispado de La Habana? ¿Habrá sido esa extraña ignorancia gubernamental la que llevó al Cardenal Arzobispo a tomar la decisión de llamar a la policía para que sacara a los disidentes del templo?

Orlando Luis Pardo Lazo, en un artículo desgarrador, ha dicho que la nota prensa de Orlando Márquez fue el "suicidio de una ilusión". Sin dudas, en la esquina de Salud y Manrique murieron ese día varias ilusiones. Pero quizás no se trate de un mero suicidio.

Criticar al Cardenal de La Habana es, desde hace tiempo, moneda corriente. 
No vendría mal, por justicia y por prudencia, tratar de ponerse uno de vez en cuando en sus zapatos cardenalicios, para ver si desde allí se ve siempre —y con tanta nitidez como desde el teclado de la computadora—, el mejor trillo entre la maleza de la realidad. 

* En la "versión impresa" del Granma que se ofrece en Internet, la nota del Arzobispado habanero no aparece publicada el día 15. Es curioso que una noticia que aparece claramente destacada a las 7:00 p.m. de la noche el día 14 (el sitio web del Granma hace muy pocas actualizaciones durante el día), no haya siquiera aparecido impresa al día siguiente.

El camino del Hotel Griffou al Delmonico’s: otro modo de contar la historia de Cuba

[Este es el cuarto post sobre el Hotel Griffou y la relación de ese hotel con la historia de Cuba. Estos son los títulos/enlaces de los posts anteriores:]
  1. Hotel Griffou, 1884: El insoportable aroma en las axilas cuartelarias del Generalísimo 
  2. El efímero fervor de José Martí: de vuelta al Hotel Griffou.
  3. Por qué Máximo Gómez no podía pagar la cena en el Hotel Griffou

José Martí, el Dr. Ramon Luis Miranda (con barbas), Gonzalo de 
Quesada (extremo derecho), Gustavo Govín (de espaldas) y Luis
Rodolfo Miranda (a la derecha de Martí) en el Delmonico's el 28 de
enero de 1895.  Dibujo de Juan Emilio Hernández Giro (1882-1960)
Tras los hechos del Griffou y la carta del 20 de octubre de 1884, Martí por voluntad propia queda al margen de todos los esfuerzos independentistas. Quien lea la carta de Martí a Manuel Mercado (es larga) del 13 de noviembre de 1884 se dará cuenta del precio altísimo e inmediato que pagó por enfrentarse a los dos guerreros. La carta, si se la compara con las de Gómez y Maceo sobre el mismo asunto, también muestra la superioridad de visión y carácter de Martí. Refiriéndose a la renuncia a su puesto de cónsul, que ya mencioné en el post anterior, le dice a Mercado: "...no tenía más modo de vivir que lo que me producía el Consulado del Uruguay, en que hacía de Cónsul interino y como el Uruguay está en amistad con España, renuncié, con el Consulado, a mi único modo de vivir...".

La separación de Martí duraría más de dos años. Poco a poco los jefes del 68 se dieron cuenta de que necesitaban el concurso del "Dr. Martí". En 1887, Martí volvería, por primera vez en tres años, a dar el discurso del 10 de octubre en New York.

Por su parte, Félix Govín* moriría el 23 de mayo de 1891. Poco después, el 4 de septiembre de 1891, el New York Times informaba que Luz Díaz de Govín, la viuda, había demandado a las hijas de Govín por cuestiones de herencia. Por suerte para el tema que nos ocupa, una nota del 22 de noviembre de ese mismo año en el Times indica que la demanda había hecho escasos progresos. (Todos los detalles se pueden leer en el archivo de la Corte de Apelaciones de New York de 1895, donde hay más de 200 páginas con los documentos del caso.) Luciana Govín, la hija del indeciso Félix, heredaría buena parte de la fortuna. Y Luciana era, por demás, la esposa del Dr. Ramón L. Miranda, el amigo a quien Martí dedicó sus Versos Sencillos 
al publicar el libro en 1891 ("A un médico que cura siempre"). Después del fracaso del Fernandina, Martí se ocultó en la casa** del Dr. Miranda y Luciana Govín por varias semanas para evadir la vigilancia de los agentes de España.  

En la edición del 16 de marzo de 1907 del semanario The Chrisitian Work and the Evangelist
el autor de una nota sobre sobre una nueva ley contra los sobornos lamenta que la misma no se extienda también a las propinas de los restaurantes. Y dice: "Así que, después de todo, desde el Griffou hasta el Delmonico's, tendremos que seguir dando propinas como hasta ahora". Sabiendo que Delmonico's era el restaurante más famoso de New York en la época, se entiende que el Griffou se cita aquí como ejemplo del más humilde.

El Delmonico's de la 5ta Avenida y la calle 26, dondese cree que
Martí cenó el 28 de enero de 1895, su últimocumpleaños.
Delmonico tenía más de un restaurante, pero, como afirma Ripoll,
este era el más cercano a la casa de los Miranda-Govín.
Foto de 1902, New York Public Library
Pues bien, el 28 de enero de 1895, el día de su último cumpleaños, los Miranda-Govín invitaron a José Martí a cenar en el Delmonico's, como cuenta Carlos Ripoll en su ensayo "Martí: su último cumpleaños". Dice Ripoll: "Al día siguiente iba a firmar en casa del doctor la Orden de Alzamiento para enviarla a La Habana, y el 31 se embarcaría hacia Santo Domingo para encontrarse con Máximo Gómez y seguir hacia Cuba". Al fin y al cabo, el dinero de Govín, que no le pagó una cena de 75 centavos en el Griffou en 1884, le pagaría su lujosa "última cena" en el Delmonico's el 28 de enero de 1895. 

Para los amantes del "azar concurrente", apunto que en la edición de julio de 1883 de la revista The American Catholic Quarterly Review, se dice lo siguiente: "El Sr. John Delmonico, de New York, fundador de la familia de ese apellido en la gran metrópolis, fue uno de los más fervientes admiradores de Félix Varela. Un día en que iba por la calle Chambers camino a casa, pasó por enfrente de una iglesia prebisteriana que estaba a punto de ser puesta en subasta. Entró en la subasta y logró comprar el edificio por $56 000.00. [...] El edificio, tras ser reparado y decorado, fue dedicado el 31 de marzo de 1836 como la Iglesia de la Transfiguración. La gente siempre la llamó 'la iglesia de Félix Varela'." (Una mención de la amistad de Varela y Delmonico que hace Ripoll me llevó a buscar y hallar este ensayo sobre Varela en la revista católica del siglo XIX.)

Gonzalo de Quesada y Aróstegui
y Angelina Miranda Govín con
José Martí, 1893
Los Miranda-Govín donaron generosamente a los esfuerzos independentistas de Martí, y en su casa quedaron muchos de sus papeles al partir Martí definitivamente a Cuba. (Loynaz del Castillo habla de esas donaciones de Luciana Govín en sus Memorias de la guerra, página 112.) 

La esposa de Gonzalo de Quesada y Aróstegui, el secretario y albacea literario de Martí, era Angelina Miranda y Govín, hija del Dr. Miranda y de Luciana Govín, y de ese modo, tras la muerte de Martí y de sus suegros, se reunieron en la persona del dichoso Gonzalo parte del dinero de Félix Govín y buena parte de la obra martiana. Pocos hubiesen imaginado ese destino quince años antes, cuando Félix Govín decidió que era demasiado arriesgado pagar las cuentas y financiar los sueños de aquellos ensimismados mambises que llenaban de humo de tabaco negro y palabras ardientes las escuálidas habitaciones del Hotel Griffou. 


Notas: 


*En las fuentes donde se habla del ofrecimiento de Félix Govín a Gómez y Maceo, nunca se menciona su segundo apellido. Siendo cubano acaudalado, cercano a los líderes mambises, propenso a apoyar la causa con su dinero, y residente en New York, asumo que se trata del mismo Félix Govín y Pinto, suegro del Dr. Miranda, que se menciona en todas las demás fuentes citadas. De todas formas, sigo buscando prueba firme de que se trata de la misma persona.


**Habrá un post aparte dedicado a la casa de los Miranda-Govín, donde Martí pasó los últimos días de su vida neoyorkina y firmó la Orden de Alzamiento de la Guerra del 95. 

Por qué Máximo Gómez no podía pagar la cena en el Hotel Griffou

[Este es el tercer post sobre el Hotel Griffou y la relación de ese hotel con la historia de Cuba. El primer post sobre este tema se titula Hotel Griffou, 1884: El insoportable aroma en las axilas cuartelarias del GeneralísimoEl título del segundo es El efímero fervor de José Martí: de vuelta al Hotel Griffou.]

La causa original del affaire Griffou fue el dinero, como tantas veces sucede en esta vida. Según cuenta Eusebio Hernández, entre otros, el acaudalado patriota cubano Félix Govín, residente en New York, había prometido a Gómez y a Maceo donar cien mil pesos y buscar dos amigos que donaran cada uno cincuenta mil, "si juntos [Gómez y Maceo] se ponían al frente del movimiento". En esos días de octubre, relata Eusebio Hernández, Govín informó a los conspiradores que no podría ayudarlos, pues "en aquellos momentos tenía pendiente una reclamación al gobierno español que fracasaría si le demostraban que alentaba una revolución separatista". (Félix Govín sabía de los riesgos que corría: en 1873 se le habían embargado sus bienes en EE.UU. a petición del gobierno español por colaborar con los insurrectos, como puede ver el lector en esta Colección de documentos del Congreso de Estados Unidos publicada en 1893.)

Fue por esa razón que se decidió enviar a los líderes del movimiento, de dos en dos, a diversos países a buscar financiamiento. Maceo y Martí irían a México. Ese era el tema de la conversación en que Gómez le dijo a Martí aquello de "limítese Ud. a lo que digan las instrucciones, y lo demás el Gral. Maceo hará lo que deba hacerse". Y así comenzó el affaire Griffou.
Dos años más tarde, el Plan Gómez-Maceo, sin el dinero de Félix Govín, fracasaría. ¿Se habrían unido Gómez y Maceo originalmente porque esa era la condición de Govín para financiar la guerra? ¿Cuánto influyó el incumplimiento de su promesa en el fracaso de ese plan? ¿Qué hubiese sido de Martí si Maceo y Gómez —después del Griffou— hubiesen podido conseguir el dinero necesario para llevar adelante su proyecto? 

En fin, cuenta Eusebio Hernández que unos meses más tarde, cuando él regresó de París —adonde fue enviado en una fallida misión de recaudación de fondos—, Gómez no tenía ni con qué pagar el hospedaje en el Hotel Griffou, adonde había regresado de nuevo. Tiene que haber sido duro pasar de la esperanza de recibir $200 000.00 a no tener con qué comprar una cena en el Griffou, que por esa época costaría sólo 75 centavos, como indica este menú del hotel, de 1892, que se conserva en la Biblioteca Pública de New York (Ver más abajo). ¡Como habrán saboreado nuestros pobres mambises esos banquetes de perca frita, pollo con champiñones, pierna de cordero, piñas y demás delicias! (Habrá un post sobre la persona que probablemente le conseguía la cena a Gómez cuando este andaba sin fondos; y, de paso, trataré de explicar por qué las papas eran "a la lionesa"*.) 



Menú de la cena del Hotel Griffou. 17 de junio de 1892. New York Public Library 

Con Martí fuera de la escena y los líderes mambises sin dinero, la larga postdata del affaire Griffou fue amarga y fértil en insultos. Para constatarlo me ha resultado muy útil el ensayo "La polémica de Martí, Gómez y Maceo en 1884", con el que Carlos Ripoll presenta tres cartas inéditas que acababa de hallar. [Ripoll no da la fecha del hallazgo ni de la redacción de su ensayo, pero José M. Hernández cita la carta de Maceo a Arnao en su libro Cuba and the United States: Intervention and Militarism, 1868-1933, University of Texas Press, 1993, y luego cita la carta de Gómez a Arnao como proveniente del libro Martí: letras y huellas desconocidas, de RipollLos otros datos que Ripoll presenta en este ensayo, más allá de las tres cartas inéditas, parecen estar basados en la conferencia de Eusebio Hernández que he mencionado antes.] 

L
as cartas halladas por Ripoll son penosamente reveladoras. Gómez, que en la nota de la que hablé en el primer post sobre este tema achacaba el malentendido a diferencias personales, en la carta del 20 de enero de 1885 a Juan Arnao (hallada por Ripoll) revela otro matiz del asunto: "Respecto a la negativa de Martí, no me extraña. Martí desde el primer día que me conoció en New York se hubiera separado, pero no encontraba un medio hábil, hasta que la casualidad se lo dio. Y digo se hubiera separado, porque él no es hombre que puede girar en ninguna esfera sin la pretensión de dominar". Es un juicio malicioso, pero en el fondo es un reconocimiento de la capacidad de liderazgo de Martí. Y en cierto sentido, esa apreciación habla bien de la agudeza de Gómez, aunque no lo hace parecer generoso. 

Pero Martí aún no es una figura de peso en el mundillo de la política cubana, y  Gómez parece entender que nunca lo será: "He aquí, amigo mío, ni más ni menos, las reflexiones de ese joven a quien es preciso dejar tranquilo, que ya iremos a luchar por hacerle patria para él y sus hijos. No nos ocuparemos más de esas pequeñeces, esos átomos que nada influyen en los destinos de los pueblos". A los veteranos del 68, evidentemente, les resultaba difícil olvidar que Martí había preferido ser espectador y no soldado en las dos guerras anteriores.
 

La carta de Maceo, escrita el día que su autor cumplió cuarenta años, el 14 de junio de 1885, es más dura aún. 
¿Qué importa pues la doblez y la falsía de unos pocos, si se cuenta con la abnegación y probado patriotismo de los más? ¿Acaso admiten paralelo, por más que a todos los prohijó el mismo suelo? Mas, poco importa; sin ellos y contra ellos nuestra obra se realiza, sin que basten a impedirla sus maquiavélicos planes que basan en la infamia y la calumnia. Concretando especial y determinadamente estos comentarios a un solo individuo, que lo designaremos Dr. Martí, debo agradecerle los antecedentes que relativos a su conducta Ud. ha tenido la bondad de proporcionarme: también al amigo Rubiera he de agradecerle igual servicio. Conocidas como son las retrógradas tendencias del amigo que nos ocupa, debe Ud. procurar el concurso de los que, amantes de su Patria, aspiren al bien de ella para que unidos así combatan en todos los terrenos tan fatal elemento. 
Gómez y Martí se reconciliarían y llegarían a ser muy cercanos. Maceo, a pesar de las continuas muestras de admiración y cariño de Martí en los años subsiguientes, nunca cambiaría realmente la opinión que expresa en esa carta. Cuenta el general Enrique Loynaz del Castillo en sus Memorias de la guerra (Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1989, páginas 212-215) que el 10 de octubre de 1895, tras pasar el día en Dos Ríos para ubicar el lugar exacto de la muerte de Martí, regresó al campamento de Maceo, donde este lo invito a cenar "por primera y única vez". Durante la cena, Loynaz hablaba en los términos más elogiosos —y emocionados— de Martí. De pronto, Maceo, ya impaciente, lo interrumpió: "Sí, es verdad que Martí era un gran abogado..." Martí seguía siendo para él aquel "Dr. Martí" de la carta de 1885. Cuenta Loynaz que refutó a Maceo, sabiendo que eso no beneficiaría en nada su carrera como oficial del Ejército Libertador.

Continuará...
 

* Agradezco una vez más a mi prima Paula Masson sus traducciones del francés —rápidas, eficientes y nunca remuneradas por mí.