El brujo postergado, Jorge Luis Borges
Recordé esa melancólica certeza este domingo de Pascua, cuando leí que el Cardenal Timothy Dolan, arzobispo de New York, acababa de anunciar que Félix Varela era ya venerable (paso previo al de beato).
En mi adolescencia, se decía en la iglesia que Varela había estado a punto de ser obispo auxiliar de New York, pero que la Corona española había ejercido presiones sobre el Vaticano hasta impedirlo. Es bueno recordar que ser obispo auxiliar de New York en esa época era como ser viceministro de pesca en Bolivia: Cuando monseñor Du Bois tomó posesión de la diócesis en 1827, la ciudad de New York tenía seis sacerdotes. Y ese mismo año, cuando el padre Varela fundó la Transfiguración, esta se convirtió en la cuarta iglesia católica de toda la ciudad. Pero el hecho es que, si es cierta esa repetida historia, la mitra de Varela fue postergada para evitar ofender al Rey de España.
Ahora parecía muy extraño que se hubiese postergado también el anuncio de que Varela había llegado a la condición de venerable. Obviamente, el momento (y lugar) idóneo para anunciarlo hubiese sido en Cuba durante la visita del Papa. De hecho, en marzo hubo numerosos reportes de prensa que habían predicho ese anuncio. ¿Por qué se habrá postergado? ¿Habrá ejercido el Rey de España presiones para impedirlo?
Recordé entonces que en 1986, cuando se anunció la introducción la causa del padre Varela (primer paso en el proceso de canonización), se comentaba en círculos católicos de La Habana que varios funcionarios del gobierno habían expresado su disgusto ante aquella decisión. Los funcionarios, se decía, consideraban que canonizar a Varela sería secuestrar para los católicos una figura que era de todos los cubanos. (Renuncio a analizar la extraña lógica que se podría hallar detrás de semejante razonamiento.) Hoy,









