Flujo de conciencia: la hora del almuerzo

Anna Akhmatova
El viernes pasado, a la hora del almuerzo, decidí ir a Strand a buscar la biografía y la autobiografía de Edgar Lee Masters. Strand es la librería de viejo más grande y conocida de New York. 

Resulta que los de Strand, donde hay dos millones y medio de libros, no tenían ni la autobiografía de Edgar Lee Masters (Across Spoon River) ni la biografía (Edgar Lee Masters: A Biography) escrita por Herbert K. Russell (habrá posts sobre cada uno de esos libros, si Dios nos da vida).


Pero uno no pierde un viaje a Strand a la hora del almuerzo, de modo que me fui a merodear por la sección de poesía y me hallé las obras completas de Anna Akhmatova en inglés (The Complete Poems of Anna Akhmatova: Expanded Edition) y una selección de poemas de Osip Mandelstam, también en inglés (Osip Mandelstam: 50 Poems
) que redimieron sobradamente esa hora, el viaje y los $4:50 del subway (ida y vuelta desde Midtown hasta Washington Square).

En el camino de regreso leí un par de páginas del agudo (pero árido) ensayo de Joseph Brodsky que sirve de introducción a los poemas de 
Maldestam, y luego hojeé en el subway el libro de Akhmatova. Además de contener ese esplendor que es la obra entera de Akhmatova, la marginalia del libro también depara agradables sorpresas. 


Entre los textos introductorios (son varios), está un relato de Isaiah Berlin sobre su primer encuentro con la poetisa. Baste decir que Berlin, de regreso en Leningrado en 1945 tras 26 años de ausencia, conoce por causalidad en una librería a un crítico que lo lleva al apartamento de Akhmatova. El cuarto es espartano, excepto por un dibujo de la poetisa ejecutado por Modigliani, que cuelga de la chimenea. Berlin dice que Akhmatova tiene la gestualidad de una zarina. Le recita a Byron en un inglés siberiano que Berlin no logra descifrar. En medio de la conversación se escuchan unos gritos. Es Randolph Churchill, borracho, que llama a Berlin: hace veinte años que no se ven, pero Churchill acaba de enterarse que Berlin está en la ciudad y ha ido a buscarlo porque necesita urgentemente un intérprete que lo ayude a recuperar un kilo de caviar. Berlin baja a la calle —tras deshacerse en disculpas con Akhmatova— y le presenta el hijo de Churchill al crítico soviético. Este último, convencido (con razón) de que siendo un Churchill debe estar permanentemente vigilado por el KGB, huye del lugar corriendo. En fin... cómprese el lector el libro en Amazon...
Marina Tsvetaeva
Hay otros dos detalles interesantes. En la sección de fotos, mi libro había sido canibalizado. Alguien recortó las dos fotos de la poetisa Marina Tsvetaeva que formaban parte del libro. ¿Será que su magia y sus legendarios hechizos le siguen ganando pretendientes setenta años después de haber salido de la vida por la puerta impaciente del suicidio? ¿O habrá sido un admirador de Akhmatova que no soportaba en esta obra la foto de la insaciable Marina?

Por último, en la página 330 aparece una foto de Mayakovsky muy interesante. La foto me recuerda el retrato de Napoleón Bonaparte como Primer Cónsul de Andrea Appiani, con la excepción de que a Mayakovsky le falta el sable. La leyenda que la acompaña no tiene desperdicio, pues recuerda al lector la condena pública que en su día Mayakovsky hiciera de 
Akhmatova ("Para nosotros, para nuestra época, [su obra] carece de sentido"), para después revelar que —según Lily Brik, la amante de Mayakovsky—, cuando el poeta estaba enamorado leía constantemente la poesía "carente de sentido" de Akhmatova.
Vladimir Maykovsky
Al leer esto recordé que de niño los maestros me machacaban en la sien aquel poema penoso de Mayakovsky sobre "El pasaporte soviético" ("¡Leed, / envidiadme! / Yo soy / ciudadano, / de la Unión Soviética.") Muchos años después supe que Mayakovsky era un poeta espléndido (si descontamos sus bodrios estalinistas de los inicios de la Revolución Rusa). Supe también que se fue desilusionando del "experimento" y que finalmente, cuando sus camaradas bolcheviques le prohibieron viajar a Francia, se fue a casa y se pegó un tiro en el mismísimo corazón. Ironía o justicia poética: al cabo fue su pasaporte soviético el que le resultó inútil, no la poesía de Akhmatova. 


"Napoleón", Andrea Appiani
Saliendo ya del subway, pensé que si se pudiera hacer un país imaginario cuya historia de la literatura se redujera estrictamente a los poetas que Stalin mató, envió a prisión o llevó al suicidio, ese país tendría una poesía más rica que la inmensa mayoría de los países reales.

Poco después llegué a la oficina, busqué las noticias en la computadora y me enteré de que el gobierno cubano le había negado el "permiso de salida" a Yoani Sánchez. Mayakovsky, desde cualquiera sea el lugar que Dios le tiene reservado a los suicidas, habrá entendido su situación perfectamente...

Del rencor: Traducción de dos poemas de la Spoon River Anthology

Ángel. Central Park, NY. Foto: Tersites Domilo
De tanto en tanto cuelgo aquí mis traducciones de poemas de la Spoon River Anthology, el libro de Edgar Lee Master. Hoy les ofrezco mi traducción de dos poemas que se leen mejor juntos, pues son inseparables como un matrimonio mal llevado.

La Spoon River Anthology es una colección de 245 poemas breves (más dos textos extensos al final) que se presentan al lector como epitafios de los difuntos que yacen en el cementerio de Spoon River (un pueblo ficticio del Midwest). En esos epitafios, los difuntos comentan sus vidas, sus destinos. El tema de los dos poemas que les propongo hoy no requiere de mucho comentario: un hombre y una mujer nos presentan sus ideas encontradas sobre la vida que compartieron como esposos. Solo recuerdo al lector un par de datos interesantes sobre el poema de la Sra. Pantier. 

La "Oda" que menciona la Sra. Pantier con admiración es el poema titulado "Ode. Intimations of Immortality from Recollections of Early Childhood", de William Wordsworth (1770–1850), que el lector curioso puede leer pulsando en el título. El verso ramplón que, según la Sra. Pantier, repite constantemente su marido, proviene del poema "Mortality", del poeta escocés 
William Knox (1789-1825). La contraposición de los títulos de los poemas (Inmortality / Mortality), aunque no se mencionen en el poema de Lee Masters, es transparente. Hay otra saeta oculta. Es dato conocido que el texto de William Knox era el poema preferido del presidente Lincoln. Quince años después de la publicación de la Spoon River Anthology, Edgar Lee Masters escribiría la biografía Lincoln: The Man, una obra cuya teoría central es que Lincoln fue un farsante y un presidente nefasto. Esa necesidad de zaherirlo desde quince años antes por sus dudosos gustos literarios sugiere un rencor persistente por parte de mi admirado Edgar Lee Masters. 

Como de costumbre, pongo primero mis traducciones y luego los textos originales. Aquí tienen, además, una lista de enlaces a los otros poemas de la Spoon River Anthology que he traducido antes para este blog. Espero que los disfruten.

[Poemas de la Spoon River Anthology que he traducido y colgado aquí anteriormente: Hare DrummerFrank DrummerHarry WilmansWalter SimmonsCassius HuefferLucinda Matlock]



Benjamin Pantier 

Juntos en esta fosa yacen Benjamin Pantier, el abogado,
Y Nig, su perro, su inseparable compañero, solaz y amigo.
Por la calle gris, amigos, hijos, hombres y mujeres,
Pasaron y salieron uno a uno de mi vida, hasta dejarme solo
Con Nig como compañero de alcoba, camarada de tragos.
En el albor de la vida, conocí la ambición y vi la gloria.
Después ella, que me sobrevive, me atrapó el alma
En un cepo, me fue desangrando,
Hasta que yo, antes infatigable, quedé derrotado, indiferente,
Viviendo con Nig en un cuartucho, detrás de una lúgrube oficina.
Bajo mi mandíbula se acurruca el huesudo hocico de Nig:
Nuestra historia se pierde en el silencio.
                                                   ¡Sigue tu camino, mundo necio!

Edgar Lee Masters (1868–1950). Spoon River Anthology. 1916 



La Sra. Pantier

Sé bien que él dijo que atrapé su alma
En un cepo, que lo fui desangrando hasta morir.
Todos los hombres lo querían,
Y muchas mujeres se apiadaban de él.
Pero supón que eres toda una dama, de gustos refinados,
Y detestas el hedor del whiskey y las cebollas.
Y que los versos de la Oda de Wordsworth rondan tus oídos,
Mientras él, del alba hasta la noche, se la pasa
Repitiendo fragmentos de ese poemita ramplón;
“¿De qué te enorgulleces, sabiéndote mortal?”
Y luego, supón que eres
Una mujer de sobrados encantos,
Y que el único hombre con quien la ley y la moral
Te permiten tener comercio marital
Es ese mismo hombre que te repugna
Cada vez que piensas en eso… y sin embargo lo piensas
Cada vez que lo ves.
Fue por eso que lo hice marcharse de la casa
Y que fuera a vivir con su perro a un lúgrube cuartucho
Detrás de su oficina.

Edgar Lee Masters (1868–1950). Spoon River Anthology. 1916  


 
Benjamin Pantier 

TOGETHER in this grave lie BenjaminPantier, attorney at law,
And Nig, his dog, constant companion, solace and friend.
Down the gray road, friends, children, men and women,
Passing one by one out of life, left me till I was alone
With Nig for partner, bed-fellow, comrade in drink.
In the morning of life I knew aspiration and saw glory.
Then she, who survives me, snared my soul
With a snare which bled me to death,
Till I, once strong of will, lay broken, indifferent,
Living with Nig in a room back of a dingy office.
Under my jaw-bone is snuggled the bony nose of Nig—
Our story is lost in silence. Go by, mad world!

Edgar Lee Masters (1868–1950). Spoon River Anthology. 1916 



Mrs. Benjamin Pantier

I KNOW that he told that I snared hissoul 
With a snare which bled him to death.
And all the men loved him,
And most of the women pitied him.
But suppose you are really a lady, and have delicate tastes,
And loathe the smell of whiskey and onions.
And the rhythm of Wordsworth’s “Ode” runs in your ears,
While he goes about from morning till night
Repeating bits of that common thing;
“Oh, why should the spirit of mortal beproud?”      
And then, suppose:
You are a woman well endowed,
And the only man with whom the law and morality
Permit you to have the marital relation
Is the very man that fills you with disgust
Every time you think of it—while you think of it
Every time you see him?
That’s why I drove him away from home
To live with his dog in a dingy room
Back of his office.

Edgar Lee Masters (1868–1950). Spoon River Anthology. 1916 


Del rencor: Traducción de dos poemas de la Spoon River Anthology

Ángel. Central Park, NY. Foto: Tersites Domilo
De tanto en tanto cuelgo aquí mis traducciones de poemas de la Spoon River Anthology, el libro de Edgar Lee Master. Hoy les ofrezco mi traducción de dos poemas que se leen mejor juntos, pues son inseparables como un matrimonio mal llevado.

La Spoon River Anthology es una colección de 245 poemas breves (más dos textos extensos al final) que se presentan al lector como epitafios de los difuntos que yacen en el cementerio de Spoon River (un pueblo ficticio del Midwest). En esos epitafios, los difuntos comentan sus vidas, sus destinos. El tema de los dos poemas que les propongo hoy no requiere de mucho comentario: un hombre y una mujer nos presentan sus ideas encontradas sobre la vida que compartieron como esposos. Solo recuerdo al lector un par de datos interesantes sobre el poema de la Sra. Pantier. 

La "Oda" que menciona la Sra. Pantier con admiración es el poema titulado "Ode. Intimations of Immortality from Recollections of Early Childhood", de William Wordsworth (1770–1850), que el lector curioso puede leer pulsando en el título. El verso ramplón que, según la Sra. Pantier, repite constantemente su marido, proviene del poema "Mortality", del poeta escocés 
William Knox (1789-1825). La contraposición de los títulos de los poemas (Inmortality / Mortality), aunque no se mencionen en el poema de Lee Masters, es transparente. Hay otra saeta oculta. Es dato conocido que el texto de William Knox era el poema preferido del presidente Lincoln. Quince años después de la publicación de la Spoon River Anthology, Edgar Lee Masters escribiría la biografía Lincoln: The Man, una obra cuya teoría central es que Lincoln fue un farsante y un presidente nefasto. Esa necesidad de zaherirlo desde quince años antes por sus dudosos gustos literarios sugiere un rencor persistente por parte de mi admirado Edgar Lee Masters. 

Como de costumbre, pongo primero mis traducciones y luego los textos originales. Aquí tienen, además, una lista de enlaces a los otros poemas de la Spoon River Anthology que he traducido antes para este blog. Espero que los disfruten.

[Poemas de la Spoon River Anthology que he traducido y colgado aquí anteriormente: Hare DrummerFrank DrummerHarry WilmansWalter SimmonsCassius HuefferLucinda Matlock]



Benjamin Pantier 

Juntos en esta fosa yacen Benjamin Pantier, el abogado,
Y Nig, su perro, su inseparable compañero, solaz y amigo.
Por la calle gris, amigos, hijos, hombres y mujeres,
Pasaron y salieron uno a uno de mi vida, hasta dejarme solo
Con Nig como compañero de alcoba, camarada de tragos.
En el albor de la vida, conocí la ambición y vi la gloria.
Después ella, que me sobrevive, me atrapó el alma
En un cepo, me fue desangrando,
Hasta que yo, antes infatigable, quedé derrotado, indiferente,
Viviendo con Nig en un cuartucho, detrás de una lúgrube oficina.
Bajo mi mandíbula se acurruca el huesudo hocico de Nig:
Nuestra historia se pierde en el silencio.
                                                   ¡Sigue tu camino, mundo necio!

Edgar Lee Masters (1868–1950). Spoon River Anthology. 1916 



La Sra. Pantier

Sé bien que él dijo que atrapé su alma
En un cepo, que lo fui desangrando hasta morir.
Todos los hombres lo querían,
Y muchas mujeres se apiadaban de él.
Pero supón que eres toda una dama, de gustos refinados,
Y detestas el hedor del whiskey y las cebollas.
Y que los versos de la Oda de Wordsworth rondan tus oídos,
Mientras él, del alba hasta la noche, se la pasa
Repitiendo fragmentos de ese poemita ramplón;
“¿De qué te enorgulleces, sabiéndote mortal?”
Y luego, supón que eres
Una mujer de sobrados encantos,
Y que el único hombre con quien la ley y la moral
Te permiten tener comercio marital
Es ese mismo hombre que te repugna
Cada vez que piensas en eso… y sin embargo lo piensas
Cada vez que lo ves.
Fue por eso que lo hice marcharse de la casa
Y que fuera a vivir con su perro a un lúgrube cuartucho
Detrás de su oficina.

Edgar Lee Masters (1868–1950). Spoon River Anthology. 1916  


 
Benjamin Pantier 

TOGETHER in this grave lie BenjaminPantier, attorney at law,
And Nig, his dog, constant companion, solace and friend.
Down the gray road, friends, children, men and women,
Passing one by one out of life, left me till I was alone
With Nig for partner, bed-fellow, comrade in drink.
In the morning of life I knew aspiration and saw glory.
Then she, who survives me, snared my soul
With a snare which bled me to death,
Till I, once strong of will, lay broken, indifferent,
Living with Nig in a room back of a dingy office.
Under my jaw-bone is snuggled the bony nose of Nig—
Our story is lost in silence. Go by, mad world!

Edgar Lee Masters (1868–1950). Spoon River Anthology. 1916 



Mrs. Benjamin Pantier

I KNOW that he told that I snared hissoul 
With a snare which bled him to death.
And all the men loved him,
And most of the women pitied him.
But suppose you are really a lady, and have delicate tastes,
And loathe the smell of whiskey and onions.
And the rhythm of Wordsworth’s “Ode” runs in your ears,
While he goes about from morning till night
Repeating bits of that common thing;
“Oh, why should the spirit of mortal beproud?”      
And then, suppose:
You are a woman well endowed,
And the only man with whom the law and morality
Permit you to have the marital relation
Is the very man that fills you with disgust
Every time you think of it—while you think of it
Every time you see him?
That’s why I drove him away from home
To live with his dog in a dingy room
Back of his office.

Edgar Lee Masters (1868–1950). Spoon River Anthology. 1916 


Un amor imposible: el comunismo y el motor de combustión interna


La gente de ahora se ofende con una prontitud muy sospechosa. Darse por ofendido se ha convertido en un deporte más popular que el fútbol. Ya va siendo hora de que se incluya en los Juegos Olímpicos, digo yo...  Lo bueno es que "el deporte une a los pueblos". La semana pasada, sin ir más lejos, los mambises más desvelados de Miami y La Habana se rasgaron las vestiduras al unísono, ofendidísimos ambos todos por una sola imagen.

Resulta que a Dieter Zetsche, ese señor bigotudo que preside la Mercedes Benz, se le ocurrió usar una famosa foto del Che Guevara para una nueva promoción de su compañía. Los de Miami gritaron que cómo se atrevía a usar la imagen de ese indeseable para vender un automóvil magnífico. Los de La Habana chillaron que cómo se atrevía a usar la imagen de ese hombre magnífico para vender un automóvil... bueno, sí, magnífico también, pero de todas maneras...

La idea, sin dudas, debe haber sido la más obtusa que ha tenido Herr Zetsche desde que se le ocurrió comprar la Chrysler. Porque, puestos a ver, los comunistas, que en su momento lograron robar la tecnología necesaria para hacer bombas atómicas y que llegaron a construir cohetes espaciales y vehículos lunares, nunca lograron fabricar un automóvil decente. (Es por eso que cuando a usted le dicen que Corea del Norte está fabricando armas nucleares, lo cree y se preocupa; mientras que si alguien le propusiera comprar un automóvil de fabricación norcoreana se moriría de la risa.)

En Cuba, por ejemplo, se decía que todo el que manejara un Moskvitch soviético era creyente... pues 'creía' que tenía un auto. ¿A quién se le ocurre entonces asociar la idea del comunismo con un automóvil? Por uno de esos misterios que no nos está dado escudriñar, el marxismo leninismo es ontológicamente incompatible con el motor de combustión interna. La prueba más irrefutable de esa verdad colosal es el Trabant, aquel adefesio que fabricaban en Alemania Oriental, o la RDA, como decíamos entonces. Lograr que los alemanes, ¡los alemanes!, construyeran semejante ineptitud rodante en plena Sajonia es quizás el mejor ejemplo del extraño poder de los comunistas, Midas al revés, para convertir todo lo que tocaban en... caca.

Y además, ¿qué relación podría haber entre el Che y Mercedes (Benz)? De hecho, se dice que Guevara, en los tiempos románticos en que se dedicaba a hablar con Sartre por el día y a liquidar enemigos del pueblo en La Cabaña por la noche, recorría La Habana en un Chevrolet Impala del 59. (Un Chevy cheo el del Che, podrá decir el lector, pero sin dudas un auto mucho más proletario que un Mercedes.)

Si lo que necesitaban los de la Mercedes era un comunista para promover la marca, más lógico hubiese sido utilizar la imagen de los dos hermanos que embarcaron, perdón, que desembarcaron en Cuba con el Che, pues ellos sí han usado los modelos de la Mercedes Benz desde que sus últimas limusinas Chaika GAZ M13 de la era de Brezhnev quedaron muertas en la carretera por un ataque de perestroika.


La limusina Mercedes Benz del Hermano #1, Pol Pot
Y si se piensa en el mercado asiático, tan importante en estos tiempos que corren, otro camarada que serviría para promover la Mercedes sería el inolvidable Pol Pot. El tipo asesinó dos millones de camboyanos en aras de la construcción del socialismo, y prohibió a casi todo el mundo tener, o siquiera usar, un auto. Pero él, el Hermano #1, andaba siempre en una limusina de la Merecedes Benz. Prueba de que matar dos millones de personas no tiene por qué arruinarle a uno el buen gusto en cuestiones de transporte.

Una de las limousinas ZiS 150 de Iosif Stalin
Lo mismo no se podría decir de Stalin, por ejemplo, pues él andaba en una limusina blindada marca ZiS 150. ¿Orgullo soviético? Quién sabe. ZiS, al fin y al cabo, eran las iniciales de la fábrica Zavod Imeni Stalina, nombrada en honor de quien te dije. Pepito Acero habrá pensado: "Si Ford anda en un Ford, Stalin puede andar en un Stalin". El nombre de la fábrica, por cierto, después de la muerte del susodicho cambió a ZiL, iniciales de Zavod Imeni Likhacheva. Y es que veinte millones de muertos no lucen bien en el resumé de nadie.

En cualquier momento —cosas veredes, Sancho—, se aparecen los de la Ford con una campaña publicitaria ilustrada con una foto del Kim Jong Il, ya fritanga momificada, como lo vimos hace menos de un mes, paseando por Pyongyang en su limousina Lincoln, acostadido en el techo de flores blancas, tan cómodo y sereno, soñando con el paraíso proletario sobre un Fotingo del setenta y tres. 

Pero a fin de cuentas, quienes pudieran usar la idea del Sr. Zetsche mucho mejor que nadie serían los desalmados capitalistas de la Rolls-Royce. Cuando se trata de blasonar un patrocinador revolucionario, nadie podrá competir jamás con la Rolls, esa marca que tantos asocian con la más decandente plutocracia. Pues el líder del proletariado mundial, el profeta de la sociedad sin clases, el querido Vladimir Ilich Lenin (que su momia se conserve eternamente libre de polillas), usaba siempre la misma marca de autos: Rolls-Royce. El lema publicitario podría ser: "El camino al comunismo es glorioso... si uno va en un Rolls. ¡Viva la revolución!" 


Uno de los nueve Rolls-Royce de Vladimir Ilich Lenin


Un amor imposible: el comunismo y el motor de combustión interna


La gente de ahora se ofende con una prontitud muy sospechosa. Darse por ofendido se ha convertido en un deporte más popular que el fútbol. Ya va siendo hora de que se incluya en los Juegos Olímpicos, digo yo...  Lo bueno es que "el deporte une a los pueblos". La semana pasada, sin ir más lejos, los mambises más desvelados de Miami y La Habana se rasgaron las vestiduras al unísono, ofendidísimos ambos todos por una sola imagen.

Resulta que a Dieter Zetsche, ese señor bigotudo que preside la Mercedes Benz, se le ocurrió usar una famosa foto del Che Guevara para una nueva promoción de su compañía. Los de Miami gritaron que cómo se atrevía a usar la imagen de ese indeseable para vender un automóvil magnífico. Los de La Habana chillaron que cómo se atrevía a usar la imagen de ese hombre magnífico para vender un automóvil... bueno, sí, magnífico también, pero de todas maneras...

La idea, sin dudas, debe haber sido la más obtusa que ha tenido Herr Zetsche desde que se le ocurrió comprar la Chrysler. Porque, puestos a ver, los comunistas, que en su momento lograron robar la tecnología necesaria para hacer bombas atómicas y que llegaron a construir cohetes espaciales y vehículos lunares, nunca lograron fabricar un automóvil decente. (Es por eso que cuando a usted le dicen que Corea del Norte está fabricando armas nucleares, lo cree y se preocupa; mientras que si alguien le propusiera comprar un automóvil de fabricación norcoreana se moriría de la risa.)

En Cuba, por ejemplo, se decía que todo el que manejara un Moskvitch soviético era creyente... pues 'creía' que tenía un auto. ¿A quién se le ocurre entonces asociar la idea del comunismo con un automóvil? Por uno de esos misterios que no nos está dado escudriñar, el marxismo leninismo es ontológicamente incompatible con el motor de combustión interna. La prueba más irrefutable de esa verdad colosal es el Trabant, aquel adefesio que fabricaban en Alemania Oriental, o la RDA, como decíamos entonces. Lograr que los alemanes, ¡los alemanes!, construyeran semejante ineptitud rodante en plena Sajonia es quizás el mejor ejemplo del extraño poder de los comunistas, Midas al revés, para convertir todo lo que tocaban en... caca.

Y además, ¿qué relación podría haber entre el Che y Mercedes (Benz)? De hecho, se dice que Guevara, en los tiempos románticos en que se dedicaba a hablar con Sartre por el día y a liquidar enemigos del pueblo en La Cabaña por la noche, recorría La Habana en un Chevrolet Impala del 59. (Un Chevy cheo el del Che, podrá decir el lector, pero sin dudas un auto mucho más proletario que un Mercedes.)

Si lo que necesitaban los de la Mercedes era un comunista para promover la marca, más lógico hubiese sido utilizar la imagen de los dos hermanos que embarcaron, perdón, que desembarcaron en Cuba con el Che, pues ellos sí han usado los modelos de la Mercedes Benz desde que sus últimas limusinas Chaika GAZ M13 de la era de Brezhnev quedaron muertas en la carretera por un ataque de perestroika.


La limusina Mercedes Benz del Hermano #1, Pol Pot
Y si se piensa en el mercado asiático, tan importante en estos tiempos que corren, otro camarada que serviría para promover la Mercedes sería el inolvidable Pol Pot. El tipo asesinó dos millones de camboyanos en aras de la construcción del socialismo, y prohibió a casi todo el mundo tener, o siquiera usar, un auto. Pero él, el Hermano #1, andaba siempre en una limusina de la Merecedes Benz. Prueba de que matar dos millones de personas no tiene por qué arruinarle a uno el buen gusto en cuestiones de transporte.

Una de las limousinas ZiS 150 de Iosif Stalin
Lo mismo no se podría decir de Stalin, por ejemplo, pues él andaba en una limusina blindada marca ZiS 150. ¿Orgullo soviético? Quién sabe. ZiS, al fin y al cabo, eran las iniciales de la fábrica Zavod Imeni Stalina, nombrada en honor de quien te dije. Pepito Acero habrá pensado: "Si Ford anda en un Ford, Stalin puede andar en un Stalin". El nombre de la fábrica, por cierto, después de la muerte del susodicho cambió a ZiL, iniciales de Zavod Imeni Likhacheva. Y es que veinte millones de muertos no lucen bien en el resumé de nadie.

En cualquier momento —cosas veredes, Sancho—, se aparecen los de la Ford con una campaña publicitaria ilustrada con una foto del Kim Jong Il, ya fritanga momificada, como lo vimos hace menos de un mes, paseando por Pyongyang en su limousina Lincoln, acostadido en el techo de flores blancas, tan cómodo y sereno, soñando con el paraíso proletario sobre un Fotingo del setenta y tres. 

Pero a fin de cuentas, quienes pudieran usar la idea del Sr. Zetsche mucho mejor que nadie serían los desalmados capitalistas de la Rolls-Royce. Cuando se trata de blasonar un patrocinador revolucionario, nadie podrá competir jamás con la Rolls, esa marca que tantos asocian con la más decandente plutocracia. Pues el líder del proletariado mundial, el profeta de la sociedad sin clases, el querido Vladimir Ilich Lenin (que su momia se conserve eternamente libre de polillas), usaba siempre la misma marca de autos: Rolls-Royce. El lema publicitario podría ser: "El camino al comunismo es glorioso... si uno va en un Rolls. ¡Viva la revolución!" 


Uno de los nueve Rolls-Royce de Vladimir Ilich Lenin


Refrases



Donde fuegohubo comen tres. 
Camarón que se duerme que se coma su pinol.
Dime con quién andas y te diré de quécareces. 
El que siembra su maíz de sus maldades seacuerda.
Al que no tiene quijá que le den tres trazas.
Los niños hablan y te diré quién eres.
No por mucho madrugar las gallinas mean.
Alque no quiere caldo se lo lleva la corriente.

Diosle da barba al que nace pa' tamal.

Donde comen dos cenizas quedan.


Hitler reza arrodillado: Todas las visiones de Maurizio Cattelan

[Tomé una serie de fotos en la exposición que he puesto en una página aparte de este blog. Para visitarla, pulse aquí.]

El martes 27 de diciembre fuimos —no es plural mayestático: fue toda la familia— a ver la exposición "All" de Maurizio Cattelan en el Museo Guggenheim de New York, el famoso edificio diseñado por Frank Lloyd Wright. Llegamos a las tres de la tarde, bajo la lluvia. La cola para entrar al museo daba la vuelta por la esquina de la calle 87. En la media hora de espera bajo la lluvia (mientras mis hijos esperaban a la entrada y MD llegaba desde su trabajo) me dio tiempo a pensar en Maurizio Cattelan, en sus payasadas o genialidades (depende de a quién se le pregunte) y en la gente que llena los museos de esta ciudad. ¿Qué hacíamos todos allí bajo la lluvia? Cuando hablamos de "las visiones" de Cattelan, uno recuerda los dos significados de la palabra visiones:  "creaciones de la imaginación" y "ridiculeces". ¿De qué se trataba el asunto? Pensé que dentro del museo estaría la respuesta.


Si bien la obra de Cattelan se presta a debate, sería difícil poner en duda el talento que hay detrás del montaje esta exposición. La famosa rotonda del Guggenheim, esa catedral minimalista que se vende en las postales y forma parte del canon arquitectónico del siglo XX, en estos días ha sido despojada de su hierático vacío y convertida en un tendedero caótico de bufonadas, blasfemias y provocaciones en forma de esculturas hiperrealistas, animales disecados, un papa aplastado por un meteorito, una mujer salida de una escena del Marqués de Sade, Hitler rezando sus oraciones de rodillas como un niño bueno, un muñecón con la jeta, la calva y la camiseta de Picasso...




Pero para sorpresa mía —y me imagino que de casi todos los vistantes— el caos funciona: la rotonda se rinde ante la provocación y parece haber sido diseñada —Wright me perdone— para albergar el circo de Cattelan. 


Sería difícil explicar qué aporta a estas alturas un señor que reedita, como si fuera un remake de Hollywood, lo que tan bien supo hacer hace casi un siglo Marcel Duchamp. Después de visitar el Guggenheim, al menos debo decir que si alguien pudiera convencerme de la utilidad de semejante truco, sería Maurizio Cattelan.

Marcel Duchamp soñaba con erradicar la pintura 'retiniana' y hacer que el arte tuviera una función, como en las catedrales del medioevo, donde los vitrales y los cuadros de las paredes explicaban a los analfabetos la historia del misterio que se guarda en el sagrario. En la catedral gótica los cuadros y vitrales de las paredes estaban concebidos para hacer que el creyente elevara sus ojos al cielo. En la catedral del Guggenheim las paredes ahora están vacías, y cuando se mira hacia arriba se ve solo un caos de sugerencias que difícilmente podrán contar una historia o revelar algún misterio (en el cual los espectadores, de todas formas, han dejado de creer). Quizás eso sea todo lo que quede del sueño de Duchamp, y de esa manera de ver el mundo que alguna vez ilustraron los vitrales. Visto así, aceptar a Cattelan como heredero de Duchamp es, de muchos modos, una forma de la resignación.

En la primavera de 2010 los vecinos de esta villa tuvimos el circo de Marina Abramović (una restrospectiva titulada The Artist Is Presentinstalado en el MoMA casi dos meses. En este blog comenté mi fruición y reservas en un post titulado Las bellas tetas de Marina Abramović. La restrospectiva de Catellan, en su éxito de público y su exquisita ejecución, recuerda la de Abramović, y no sólo por la escultura de la muchacha que ilustra este post. 

Es de agradecer ese talento para atraer a la gente, para lograr que hagan cola debajo de la lluvia para entrar a ver el retablo de los milagros. La popularidad de ciertas exposiciones pone en guardia a mucha gente. La incomprensión y el rechazo fueron durante un tiempo considerados pruebas de calidad artística. Hoy todo, todo, puede ser mirado como una maniobra de promoción y mercadeo. En inglés les dicen "shows", como si se tratara de un programa de TV o un espectáculo de variedades. Y este show está muy bien montado. De hecho, es la exposición pictórica mejor montada que he visto en mi vida. Y eso es todo lo que se le debería pedir a los señores del museo. El resto dependerá de lo que cada cual vaya a buscar allí.

[Tomé una serie de fotos en la exposición que he puesto en una página aparte de este blog. Para visitarla, pulse aquí.] 

Hitler reza arrodillado: Todas las visiones de Maurizio Cattelan

[Tomé una serie de fotos en la exposición que he puesto en una página aparte de este blog. Para visitarla, pulse aquí.]

El martes 27 de diciembre fuimos —no es plural mayestático: fue toda la familia— a ver la exposición "All" de Maurizio Cattelan en el Museo Guggenheim de New York, el famoso edificio diseñado por Frank Lloyd Wright. Llegamos a las tres de la tarde, bajo la lluvia. La cola para entrar al museo daba la vuelta por la esquina de la calle 87. En la media hora de espera bajo la lluvia (mientras mis hijos esperaban a la entrada y MD llegaba desde su trabajo) me dio tiempo a pensar en Maurizio Cattelan, en sus payasadas o genialidades (depende de a quién se le pregunte) y en la gente que llena los museos de esta ciudad. ¿Qué hacíamos todos allí bajo la lluvia? Cuando hablamos de "las visiones" de Cattelan, uno recuerda los dos significados de la palabra visiones:  "creaciones de la imaginación" y "ridiculeces". ¿De qué se trataba el asunto? Pensé que dentro del museo estaría la respuesta.


Si bien la obra de Cattelan se presta a debate, sería difícil poner en duda el talento que hay detrás del montaje esta exposición. La famosa rotonda del Guggenheim, esa catedral minimalista que se vende en las postales y forma parte del canon arquitectónico del siglo XX, en estos días ha sido despojada de su hierático vacío y convertida en un tendedero caótico de bufonadas, blasfemias y provocaciones en forma de esculturas hiperrealistas, animales disecados, un papa aplastado por un meteorito, una mujer salida de una escena del Marqués de Sade, Hitler rezando sus oraciones de rodillas como un niño bueno, un muñecón con la jeta, la calva y la camiseta de Picasso...




Pero para sorpresa mía —y me imagino que de casi todos los vistantes— el caos funciona: la rotonda se rinde ante la provocación y parece haber sido diseñada —Wright me perdone— para albergar el circo de Cattelan. 


Sería difícil explicar qué aporta a estas alturas un señor que reedita, como si fuera un remake de Hollywood, lo que tan bien supo hacer hace casi un siglo Marcel Duchamp. Después de visitar el Guggenheim, al menos debo decir que si alguien pudiera convencerme de la utilidad de semejante truco, sería Maurizio Cattelan.

Marcel Duchamp soñaba con erradicar la pintura 'retiniana' y hacer que el arte tuviera una función, como en las catedrales del medioevo, donde los vitrales y los cuadros de las paredes explicaban a los analfabetos la historia del misterio que se guarda en el sagrario. En la catedral gótica los cuadros y vitrales de las paredes estaban concebidos para hacer que el creyente elevara sus ojos al cielo. En la catedral del Guggenheim las paredes ahora están vacías, y cuando se mira hacia arriba se ve solo un caos de sugerencias que difícilmente podrán contar una historia o revelar algún misterio (en el cual los espectadores, de todas formas, han dejado de creer). Quizás eso sea todo lo que quede del sueño de Duchamp, y de esa manera de ver el mundo que alguna vez ilustraron los vitrales. Visto así, aceptar a Cattelan como heredero de Duchamp es, de muchos modos, una forma de la resignación.

En la primavera de 2010 los vecinos de esta villa tuvimos el circo de Marina Abramović (una restrospectiva titulada The Artist Is Presentinstalado en el MoMA casi dos meses. En este blog comenté mi fruición y reservas en un post titulado Las bellas tetas de Marina Abramović. La restrospectiva de Catellan, en su éxito de público y su exquisita ejecución, recuerda la de Abramović, y no sólo por la escultura de la muchacha que ilustra este post. 

Es de agradecer ese talento para atraer a la gente, para lograr que hagan cola debajo de la lluvia para entrar a ver el retablo de los milagros. La popularidad de ciertas exposiciones pone en guardia a mucha gente. La incomprensión y el rechazo fueron durante un tiempo considerados pruebas de calidad artística. Hoy todo, todo, puede ser mirado como una maniobra de promoción y mercadeo. En inglés les dicen "shows", como si se tratara de un programa de TV o un espectáculo de variedades. Y este show está muy bien montado. De hecho, es la exposición pictórica mejor montada que he visto en mi vida. Y eso es todo lo que se le debería pedir a los señores del museo. El resto dependerá de lo que cada cual vaya a buscar allí.

[Tomé una serie de fotos en la exposición que he puesto en una página aparte de este blog. Para visitarla, pulse aquí.] 

Feliz año nuevo: otro poema de Spoon River

Sin título. Lápiz sobre cartulina. Vela Pensado. 2009
Detesto esas listas de muertos de fin de año, detesto las fotos y los "video clips" de los muertos de la noche de los Oscars, detesto ese regodeo necrofílico que siempre suena falso, burdo.

Pero lo cierto es que los finales del 2011, como puede constatar cualquier lector de este blog, abundaron en muertes que, de un modo u otro, me tocan de cerca. También notará el lector asiduo que prefiero hablar de la vida de los que se van, en lugar de hablar de ese acto incómodo que es siempre la despedida.


Uno de los poemas más extraños de la Spoon River Anthology es "Hare Drummer", pues es un intento forzado de hablar de la nostalgia por nuestros muertos desde la muerte misma. Suena extraño eso: que un muerto extrañe a otros muertos. Y sin embargo, el poema es inobjetable. Otra prueba de que Edgar Lee Masters escribía iluminado por el espíritu en el año funesto de 1914.


El cuadro que ilustra este post es un dibujo de mi amigo Vela Pensado, por cuyo talento y por cuya amistad no me canso de dar gracias. Sé que nadie va a leer esta traducción de un poema necrológicamente nostálgico en una noche de fiesta. Lo volveré a colgar mañana. Feliz año a todos.



Hare Drummer


¿Aún van los chicos y las chicas a la finca de Siever
A buscar cidra, después de la escuela, a fines de septiembre?
¿Acaso van a recoger avellanas entre las malezas
de la granja de Aaron Hatfield al comienzo de la helada?
Pues muchas veces, con esas chicas y esos chicos
Reí y jugué por el camino que lleva a las colinas
Con el sol ya en retirada y el aire cada vez más frío,
Parábamos a garrotear el nogal 
Que, ya sin una hoja, desafiaba el flamígero poniente.
Ahora,el aroma del humo del otoño,
Y las bellotas que se estrellan contra el suelo,
Y los ecos que llegan de los valles
Me hacen soñar a veces que estoy vivo. Se ciernen sobre mí.
Me interrogan:
¿Dónde están aquellos compañeros de juegos y de risas?
¿Cuántos están aquí conmigo, cuántos
En los antiguos huertos que hay junto al camino a la finca de Siever,
Y en los bosques que se yerguen
sobre el agua inmóvil?

Edgar Lee Masters (1868–1950). Spoon River Anthology. 1916


Hare Drummer


DO the boys and girls still go to Siever’s
For cider, after school, in late September?
Or gather hazel nuts among the thickets
On Aaron Hatfield’s farm when the frosts begin?
For many times with the laughing girls and boys
Played I along the road and over the hills
When the sun was low and the air was cool,
Stopping to club the walnut tree
Standing leafless against a flaming west.
Now, the smell of the autumn smoke,
And the dropping acorns,
And the echoes about the vales
Bring dreams of life. They hover over me.
They question me:
Where are those laughing comrades?
How many are with me, how many
In the old orchards along the way to Siever’s,
And in the woods that overlook
The quiet water?

Edgar Lee Masters (1868–1950). Spoon River Anthology. 1916           



Regalo de Navidad

Es cierto: llevaba semanas diciendo en casa, en voz alta, que deseaba tener la ópera Mefistofele, de Arrigo Boito. (Espero justificar los motivos de esa codicia —demostrar que no se trata de una obsesión ociosa—, en el próximo año.)

El Día de Acción de Gracias, MD había invitado a una pareja amiga —violinista él, soprano ella, exquisitas personas los dos— y a otra amiga violinista, a cenar con nosotros. Después de los postres, los invitados ofrecieron las postrimerías de la fiesta: el Concierto en la menor, para dos violines, de Vivaldi y tres arias de Puccini y Verdi. Fue, digamos, una noche dichosa. Nuestra amiga soprano mencionó entonces que se estaba preparando para hacer el rol de Margarita en la ópera Mefistofele
Hablamos del accidentado debut de Mefistofele, del Fausto de Gounod, de la obsesión decimonónica con Goethe... Le dije que iríamos a verla, por supuesto, pero aproveché también su pie forzado para comentarle mis deseos de tener la ópera, por si alguien aún no lo sabía. 

En efecto, en la mañana de Navidad, debajo del arbolito, hallé el Mefistofele de Boito, cantado por Plácido Domingo y Monserrat Caballé, envuelto en celofán y papel de regalo. Evidentemente, mis rogativas indirectas, pero insistentes, no habían pasado inadvertidas para la dueña de casa. Feliz estaba yo, como niño en Día de Reyes.


Pensé entonces en lo raro que era recibir, en el día de la inocencia perfecta, ese regalo de delicada maldad, con su título literalmente mefistofélico. No puede haber nada más lejano del pesebre y el Dios que se hace niño, que el drama faustiano, el dilema de venderle el alma al diablo, ese remedo de las tentaciones de Jesús en el desierto. Pero mal anda uno si se pone a enjuiciar las alegrías que recibe con las razones del calendario. De modo que me puse a ayudar a mis hijos a armar un pirámide de Lego, con Domingo y Caballé de fondo, y le di las gracias a la dueña de casa.


[Disfruten a Kiri Te Kanawa cantando "L'altra notte", del Tercer Acto de Mefistofele, donde Margarita, presa ya y acusada de ahogar al hijo engendrado en sus amores con Fausto, se queja de su suerte.]