Réquiem para La Habana

La Habana cumple quinientos años. La hermosa Habana: mi ciudad natal, la ciudad que me vio crecer, la ciudad de mi juventud, la ciudad de mis miedos, la ciudad de la que me escapé, la ciudad que simultáneamente me enseñó que todos los hombres (y las mujeres, pero no te pongas a pedir demasiado) eran iguales y que debería estar agradecido a la revolución pues bajo la dictadura previa alguien como yo ni siquiera sería considerado persona. La ciudad en la que aprendí que alguien como yo significaba un ciudadano con características y que ambos eufemismos eran usados para referirse a mestizos y negros. La ciudad en la que los policías que me detenían a diario por el color de mi piel eran de mi tez o más oscuros. La ciudad en la que vivía con el temor de que me fueran a matar por el crimen de caminar, en esa piel, en un país que, en teoría, había erradicado el racismo.

La ciudad que se hizo indistinguible de su gobierno. La ciudad en la que aprendí a hablar en código. La ciudad en la que perfeccioné el arte del lenguaje corporal. La ciudad en la que aprendí la importancia del subtexto. La ciudad en donde la violencia doméstica es normalizada. La ciudad en donde aprendí a amar. La ciudad en la que aprendí que el amor era aceptable siempre que no cruzara las líneas raciales.

La ciudad en la que su junta militar prohibió a Celia Cruz. La ciudad en la que no pude leer la obra de Guillermo Cabrera Infante porque sus libros estaban proscritos. La ciudad que escondió I Love Lucy de su audiencia natural. La ciudad que hizo todo lo posible por borrar los logros de los cubanos que vivían mares allende, por ser considerados contrarrevolucionarios. La ciudad en la que este texto no podría haber sido publicado ni en mis años mozos ni ahora. La ciudad en la que sus habitantes tienen el derecho a decir que odian visceralmente al presidente… de los Estados Unidos. La ciudad en la que el periódico Granma, “el órgano oficial del Partido Comunista de Cuba”, publicó epítetos raciales para referirse al anterior presidente de los Estados Unidos. La ciudad que me enseñó —que te enseñó— a llamar “revolución” a una dictadura.

La ciudad que me enseñó lo que significa el odio. La ciudad que me enseñó a odiar. La ciudad en la que me inculcaron específicamente que odiara a mis parientes exiliados que vivían en los Estados Unidos; los mismos parientes que nos enviaban dinero, comida, vitaminas, zapatos, ropa; los mismos parientes sin los cuales no habríamos podido sobrevivir luego del colapso del bloque socialista de Europa del Este; los mismos parientes que no deberíamos mencionar; los mismos parientes a quienes debíamos colgarles un sambenito: gusanos.

Oh, La Habana, o lo que queda de la ciudad que simultáneamente me enseñó que el racismo había sido erradicado con la llegada de la dinastía Castro y que no era de buenos modales mencionar la raza.

La ciudad que me enseñó que yo valía menos que mis colegas blancos, que tenía pelo malo, que me tenía que casar con una mujer de piel clara para “mejorar la raza”, que los blancos que no eran inteligentes eran “una lástima de color y pelo”. La ciudad en la que mis amigos blancos me hablaban de lo mucho que querían a sus abuelos racistas y se aseguraban de decirme cuán racistas eran (los abuelos, se entiende). La ciudad en la que la madre de una amiga les inspeccionaba (in)discretamente la encía a los muchachos que querían salir con su hija para ver si la tenían demasiado oscura (la encía, se entiende); la ciudad en la que me decían que me cortara el pelo bien bajito para que no se notaran mis ancestros negros.

Los hombres le explican cosas a Rebecca Solnit. Los americanos me explican La Habana a mí.

Cuando los americanos me preguntan si puedo ir a La Habana… Fíjate que los americanos no me preguntan si he ido a La Habana o si tengo en planes ir. Me preguntan si puedo ir. ¿Tengo permiso para ir a la tierra en la que están enterrados mis abuelos? Es rara la ocasión en la que reconocen lo anómalo de la pregunta. Jamás abordan quién tendría que darme permiso o por qué tendría que pedir permiso yo en lugar de simplemente ir. Algunas veces los americanos están ansiosos por decirme que tienen un viaje venidero a la isla. ¿Hay algún lugar que deberían visitar? Pero, ¿cómo le dices a alguien, en un tono educado, que es inmoral que te traten como a un rey en un país en el que los nativos son considerados piltrafa de quinta categoría. Eso era obvio bajo el apartheid. ¿Por qué no es igual de obvio bajo Castro y sus acólitos?

He comparado a Cuba con Westworld, el documental de HBO que muestra un parque temático en el que los visitantes se permiten privilegios con los cuales sus habitantes no podrían ni soñar. He compartido ese ensayo con los viajeros en potencia. Aun así, van. Y, cuando lo hacen, se la pasan de maravilla en la ciudad en la que no quise ser padre. La ciudad que me hizo quien soy. La ciudad de la que tuve que huir para ser quien soy. La ciudad en la que no podría caminar con mi esposa sin ser blanco del acoso policial y la subsiguiente humillación por incurrir en algo doblemente peligroso para un cubano mestizo o negro: caminar de la mano de una mujer blanca y caminar de la mano de una extranjera. ¿Puedo ir? ¿Ahora que cambió el apellido, pero la dictadura sigue igualita? Para decirlo en palabras de Barak Obama, uno de sus más recientes visitantes: “quédate con el cambio”.

¿Qué hay que celebrar de una ciudad dilapidada? ¿Qué hay que celebrar de una ciudad cuya gente prefiere una balsa y noventa millas de tiburones e incertidumbre a vivir un día más bajo un régimen que ha durado seis décadas? ¿Celebración de qué? ¿Por qué no guardamos un luto colectivo ante esta tragedia?

De vuelta a la pregunta: además de hablar y escribir a placer, cosa que me hace persona non grata para el régimen cubano, hay impedimentos (meta)físicos para que visite o regrese a La Habana. En primer lugar: uno visita un zoológico, un museo, a un amigo. ¿Pero puede uno visitar su pasado? ¿Sigue ahí donde lo dejó? Heráclito nos recuerda que nadie puede nadar dos veces en el mismo río, pues tanto la persona como las aguas han cambiado. De igual modo: La Habana no es la misma ciudad de hace un par de décadas. Y yo no soy el mismo hombre.

Cuando mis amigos americanos me preguntan la edad les respondo que no tengo. Piensan que es un chiste. Pero lo digo en un sentido literal: no pertenezco a ninguna generación. Desde que me les escapé a los Castro he vivido fuera de los límites del tiempo y el espacio. Eso es precisamente la condición del exilio: existir fuera del tiempo y el espacio natural de uno.

Pero lo cierto es que viajo a La Habana siempre que quiero. Me explico: a través de la literatura, el cine, la música. Fue esa Habana, que alguna vez me perteneciera, la que me vino a la mente hace diez años cuando viví en Roma durante un par de meses. Ahora, en su quinto centenario, quiero evocar a esa ciudad en la distancia con un poema que escribí entonces y que todavía revela mi verdad:

Los pasos perdidos
—a los Mallozzi-Sammartino

Con estos zapatos
que conocen el polvo de la ciudad eterna,
que intuyeron la gloria que vivió el Palatino,
que supieron andar las veredas insomnes
de una Ostia Antica inerte,
que subieron colinas y montes y estamparon
una huella profunda que yo quise indeleble
en la bella campiña cercana a Colleferro,
que habitaron a gusto a la sombra tranquila
del barrio dedicado a ese Jano Bifronte,
que tuvieron tropiezos hasta ayer memorables
entre los adoquines y las piedras que acaso
por el correr del tiempo y los pasos ajenos
fueron desnivelados en la ruta que antaño
indicaba que todos los caminos del mundo
llevaban al viajero a la Roma que añoro,
que todavía recuerdan el susurro del río
durante esos paseos nocturnos al Trastevere
con amigos que quiero abrazar a menudo,
que marcaron un gol y luego otro y que dieron
un pase celestial y una patada injusta
en la tibia de un tipo que parlaba italiano
y no era mi enemigo sino solo adversario
en cancha improvisada en el patio espacioso
de una sobria academia
entre adultos que fueron, quién lo duda, muchachos
que corrían jadeando tras el balón de cuero
mientras la primavera imponía su encanto,
que en su afán de pisar los lugares comunes
se fueron desandando con este escriba a cuestas,
a conocer Pompeya, a husmear en Herculano,
a recorrer las calles de Piano di Sorrento,
y que un día volverán a la tierra de Dante
a recitar los versos antiguos e inmortales
que nos legó Petrarca para nuestra fortuna
y yo declamaré con mi acento cubano
mientras el sol se acuesta por siempre en la Toscana
y un buen vino acompaña las buenas compañías
y esos bellos sobrinos que no son consanguíneos
de mi hijo ni míos y que quiero a distancia
me recuerdan, qué dicha, que familia, por suerte,
no se escribe con sangre,
con estos zapatos que ahora calzo, queridos,
jamás caminaré las ruinas de La Habana.

***

Título de la obra: ¿Seremos como quién? (díptico)
Artista: Rafael López-Ramos
Técnica: acrílico y tinta / lienzo crudo
Medidas: 36 1/2″ x 37″

Texto publicado originalmente en inglés en World Literature Today. El texto en español fue publicado en la revista Replicante.

Escuadrón 349: pronto en tus pantallas

vengadoresInspirado por el sostenido y gradual éxito del Universo cinematográfico de Marvel —en inglés: Marvel Cinematic Universe, a menudo abreviado MCU— y con el objetivo de presentar a la juventud cubana una alternativa al reguetón de superhéroe afín al modelo del Hombre Nuevo, el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) anunció esta mañana, a puerta cerrada, el próximo estreno de la serie Escuadrón 349. 

Alerta de Spoiler

Siguiendo el formato de los cómics de Marvel, los miembros del Escuadrón 349 son reclutados y dirigidos por una figura enigmática y central, que logra mantenerse en las sombras, mientras ejecuta su Gran Plan. (En el primer episodio se le ve, de espaldas, paseando a un perro chihuahua, mientras vocifera órdenes a diestra y siniestra —sobre todo a siniestra—, pero no es hasta el octavo episodio que se revela su indisputable identidad: Miguel Barnet, que se interpreta a sí mismo).

La misión de este grupo consiste “en respaldar a toda costa lo estipulado en el Decreto 349”. En las filas del ICAIC, algunos detractores del nuevo serial televisivo objetan que, aunque quiere funcionar como metáfora, “es obvio que el escuadrón de marras es la UNEAC; por lo menos podían haberse gastado la sutileza de cambiar al director”, comentó uno de los susodichos, que optó por el anonimato.

En declaraciones a La Jiribilla, el otrora escritor —ahora desdoblado en superagente— asevera: “Soy la respuesta cubana a Nick Furia, pero con los dos ojos y sin los problemas de ira. Yo no tomo meprobamato”. 

Lo cierto es que mientras celebra actos de repudio en contra de la sociedad civil, firma cartas de apoyo al gobierno cubano e imparte conferencias en universidades públicas de Estados Unidos, el líder de Escuadrón 349 se ocupa en dar contenido y forma a un proyecto que, según el difunto dictador cubano, “ya no funciona ni siquiera para nosotros”.

Al margen de sus claras funciones represivas, algunos personajes de Escuadrón 349 han sido creados como obvios alivios cómicos. De todos, el más reconocible es Flan-Man —con su nombre en Spanglish— que encarna al cubano de a pie, capaz de hacer el famoso postre sin leche ni azúcar ni huevos ni electricidad ni gas. 

El serial Escuadrón 349 será transmitido en los canales de la televisión cubana a partir del próximo 28 de enero, para conmemorar el natalicio de José Martí, quien es, según Barnet, “el autor intelectual de esta nueva e importante teleserie”.

De Platón a Aristófanes, como quien no quiere la cosa (en sí)

qpdnej coverEn la antesala de ¿Qué pensarán de nosotros en Japón?, Enrique Del Risco le hace un guiño cómplice al lector desde sendas citas a Friedrich Nietzsche y Mark Twain. Ahí está la clave del libro.

No es casual la referencia al escritor estadounidense. (Siempre he pensado en Del Risco como un heredero cubano del genio y la gracia del autor de Un yanqui en la corte del rey Arturo). El axioma de Twain sugiere que ante cierta circunstancia en la vida uno debe detenerse y reflexionar, dos cualidades, dicho sea de paso, para las que el [estereotipo (del)] cubano parece sufrir una incapacitación congénita. Tampoco es baladí la frase de Nietzsche. En su breve dictum, el filósofo alemán presenta par de contrarios dialécticos: el ser y el aparentar.

Si en el párrafo anterior menciono varias parejas de atributos se debe a que este libro está poblado —quizá más preciso sería decir hecho— de dualidades. Me detengo en las más notables, si acaso porque están telegrafiadas en el título: quiénes somos y cómo nos perciben. Cuando Del Risco escudriña el nosotros y el ellos implícito en la conjugación del verbo pensar, esa distancia antropológica presupone a su vez una lejanía física: un aquí y un allá. Nos ubica frente a un ellos y un nosotros mutantes, que en estos siete cuentos exploran el dilema de la asimilación a un espacio ajeno y van desde un fugitivo de alguna post-dictadura latinoamericana que malvive en Ipanema haciéndose pasar por periodista (luego de haberse hecho pasar por hare krishna), a la versión caribeña de Cocodrilo Dundee y su hijo en una aventura en el metro de Nueva York, a un poeta que se debate entre su vida y el sueño recurrente que lo acosa, a un albañil salvadoreño en Madrid que se desdobla en escritor (o viceversa), a otro par de cubanos en una parranda literaria para el recuerdo en Monterrey, a un aprendiz y su chamán en un pueblo fronterizo de Los Ángeles, a un grupo de amigos en una fiesta en Nueva Jersey con un huésped inesperado. Y, en general, a las constantes amenazas que todas estas criaturas fuera de (su) sitio representan para el “fragilísimo contrato social” que impera en las ciudades que bien que mal los han acogido. De igual manera cambian de lugar el aquí y el allá, que de tanto mudarse se trastocan. “Allá es Cuba. A veces es aquí. Depende”, aclara el narrador en el cuento que da título al libro. En “Zihuatanejo”, las coordenadas, de tanto mezclarse, se fusionan: ya no estamos ni allá (Cuba) ni aquí (Estados Unidos), sino en un punto intermedio: el México lindo y querido de los chilaquiles del Chipinque.

El libro da tumbos por el mapa —pasando por Río de Janeiro, La Habana, Nueva York, Madrid, Monterrey— y, en esos andares, Del Risco alude a regímenes (para)militares latinoamericanos y sus respectivas insurrecciones. Fantasmas que salen incluso hasta en sueños. No exagero. En uno de los cuentos, un personaje es acosado por una pesadilla recurrente en la que —a la manera de Joseph K.— le hacen un juicio en el que se escuchan ecos del juicio al poeta salvadoreño Roque Dalton. Otro juicio, igual de kafkiano, sale a relucir en “Zihuatanejo”, que más que un cuento es —como el libro que lo contiene— una muñeca rusa: un cuento dentro de un cuento dentro de un cuento…

Otra pareja dispareja en el libro es la que enfrenta a la seriedad de Platón contra la comicidad de Aristófanes. En el cuento antes citado, el protagonista y su amigo (se) debaten (entre) estas antípodas. Del Risco no pasa esos apuros: él entiende que la gravedad de Platón y la levedad de Aristófanes no tienen por qué ser mutuamente excluyentes y, una vez más, hace que su lector ría mientras piense y piense mientras ría.

La intersección entre el ser y el aparentar, regresa una y otra vez a las páginas del libro. En el propio “Zihuatanejo”, mientras cuestionan la importancia de la verosimilitud en la ficción histórica, los protagonistas se divierten con el humor involuntario de un libro sobre Corea del Norte y, obvio, no pueden menos que preguntarse qué pensarán de ellos los habitantes de Pyongyang. De igual modo, en “El Monstruo y la Muerte”, el protagonista trata de imaginarse “qué pensarán [de nosotros] los paramédicos [angloparlantes] al entrar en un patio repleto de gente vestida de blanco alrededor de un moribundo”.

Aunque se resiste a ser didáctico, el libro regala —en boca de sus personajes— algunas definiciones básicas que (nos) serán útiles en la tierra natal del autor, isla tristemente célebre por carecer de una cultura y un vocabulario cívicos. Si en los cuentos de Del Risco, ser neoyorquino es “ser inmune al asombro”, la “democracia no es hacer lo que a uno le dé la gana sino (…) hacer las cosas que uno quiera sin molestar a los demás”, la felicidad “es el sentimiento de que una resistencia ha quedado superada” y escribir sobre una relación es un intento “de darle sentido a partir del pasado, como mismo hacen los matrimonios o las naciones”. Aprender esto no será poca cosa en un país en el que todavía los escritores, a decir de Del Risco (que suscribo), se enfrentan a dos tipos de obstáculos: sus problemas políticos y sus problemas literarios, en ese orden.

Los cubanos, bajo el castrismo, hemos vivido una doble vida. Con esto no me refiero únicamente a ese proceder tan típico en la isla de pensar una cosa en privado y decir lo contrario en público, sino al simple hecho de que tener que hablar de la realidad cubana sugiere la existencia de su contraparte: la irrealidad. Pero esta irrealidad ha viajado con tal suerte que es muchas veces capaz de reemplazar a la realidad. Solo así se explica que esos turistas de dictaduras tropicales —gente que ni habla español ni podría ubicar Matanzas en un mapa o, en palabras de Del Risco: gente que “confunde un mapa con un país”— insistan en explicarnos a los exiliados cubanos quiénes somos y de dónde venimos.

Fui lector de este libro en su fase manuscrita; lo celebré cuando recibió el Premio iberoamericano de relatos “Cortes de Cádiz” en 2008; lo compré; lo regalé a amigos y parientes; lo recomendé a cuanta persona estuvo a tiro de piedra; lamenté que la editorial Calembé, en la distante Andalucía, no tuviera a este lado del Atlántico la visibilidad ni la distribución que merecía la obra; y desde que se agotó la tirada le insistí al autor que saliera a la búsqueda de una edición aquí, aquende los mares. Además de releerlo, quería asignar este libro de cuentos a mis clases de literatura, pero la imposibilidad logística me la ponía en China (o en Japón). Tanto dio mi cántaro en la fuente que Del Risco accedió. Lo otro, convencer al editor, fue tarea harto más fácil. (Ya que estamos, aprovecho para agradecer a la editorial Sudaquia el buen tino de darles una segunda vida a estos cuentos).

“Uno nunca sabe lo que está celebrando”, dice el narrador de “Zihuatanejo” ante una efeméride doble. Me atrevo a contradecirlo: celebro esta reedición de ¿Qué pensarán de nosotros en Japón? —corregida y aumentada con los dos cuentos finales— como quien festeja el cumpleaños de un amigo entrañable o la caída de un muro ignominioso o las dos cosas juntas.

Claro, en medio del jolgorio y luego de tanto tiempo y tantas distancias, igual cabría preguntarse: ¿qué pensarán de nosotros en La Habana?

Alexis Romay
Nueva Jersey, enero de 2017

Hipólito: un musical cubano

Alexis-hipInspirado por Hamilton: An American Musical, me he dado a la tarea de recrear el pasado reciente de nuestro país, tomando como punto de partida la idea de que esto será musical, pero no es bailable.

Si en el original de Lin-Manuel Miranda, el narrador de la obra es Aaron Burr —quien viviera eclipsado por Alexander Hamilton—, el paralelo más preciso que se me ocurrió fue el gran antagonista de Fidel Castro: esa entelequia conocida como Pueblo de Cuba.

Aquí tienen la letra de la primera canción, que pueden superponer sobre la música del tema inicial de Hamilton. Quienes tengan sentido del ritmo: anímense; cántenla, grábenla y compártanla en las redes sociales usando la etiqueta #HipólitoUnMusicalCubano.

***

Fidel Hipólito

[Pueblo de Cuba]
¿Cómo un bastardo, barbudo, infame,
déspota, hijo de una puta y un ñame,
nacido con el nombre de Hipólito, en Birán,
sembró ponzoña en este pueblo, como un alacrán?

El tipo en el reverso del billete de un peso
llegó ahí metiendo a todo el mundo preso.
El mismo delincuente de igual malevolencia
estuvo por Colombia cuando La Violencia.

Esto lo cuento hurgando en mi memoria,
pues no se cuestiona en nuestros libros de historia.
¿Cómo es posible, si no iba en un Lada,
que se perdiera rumbo al asalto al Moncada?

El plan de ataque aprovechaba el carnaval,
pero el tiroteo a su tropa le salió fatal.
Cuando lo apresaron, ¿qué dijo el carnal?
[Fidel Castro]
La culpa es de Martí, el autor intelectual.

[Pueblo de Cuba]
Ya que hablamos de cosas que no son normales,
¿leíste sus palabras contra los intelectuales?
Si no has adivinado es que no estás despierto.
Aquí te lo presento, aunque ya está muerto.

[Fidel Castro]
Soy Fidel Hipólito.
Mi nombre es Fidel Hipólito.
Y aunque te parezca insólito,
ese soy. ¡Eso soy!

[Pueblo de Cuba]
Transformó a la leche en polvo y a la tierra en fango,
y acabó de un golpe con la quinta y con el mango,
desde que llegó con esos gritos de revolución…
[Pueblo de Cuba, sotto voce]
que aquí la turba interpretó pidiendo paredón.

[Pueblo de Cuba]
Cuando escribas sobre el tipo, pon mucho cuidado,
que te encierran con la llave y su sendo candado.
Si no quieres todo el peso de la capa de ozono:
juega con la cadena, no te metas con el mono.

Las décadas que pasó destrozando al país entero
no hay nadie que las devuelva a esta isla-basurero.
Es una tierra de escombros, donde no hay derecho al voto.
La miras y te recuerda los restos de un terremoto.

Violó la Constitución; acabó con la economía;
se puso a añadir provincias; prohibió la plusvalía.
Y a los turistas del mundo, que se subieron al tren,
les dijo: “Las ruinas, ¡qué hermosas se ven!”.

[Turistas extranjeros]
Las ruinas cubanas qué hermosas se ven.
Las ruinas cubanas qué hermosas se ven.
Las ruinas cubanas qué hermosas se ven.
Las ruinas cubanas
qué hermosas se ven.

[Pueblo de Cuba]
Fidel Hipólito,
enemigo de la verdad,
ya te ajustaremos las cuentas
cuando en Cuba haya libertad.

Oh, Fidel Hipólito,
bajo el seboruco yacerás,
serás patrimonio del gusano
por toda una eternidad.

La historia no te absolverá,
cabrón.

[Pueblo de Cuba]
La gente está en el malecón
pensando en una balsa…
y mientras tanto
se suman a la farsa.

El New York Times lo apadrinó,
el Granma fue su casa…

[Che Guevara]
Yo maté por él.

[Camilo Cienfuegos]
Yo morí por él.

[Salvador Allende]
Yo confié en él.

[Pueblo de Cuba]
Yo sufrí por él.

[Raúl Castro]
Y yo, yo soy el idiota que heredó el poder.

[Fidel Castro]
Queda prohibida esta canción:
¡oigan bien!

[Pueblo de Cuba]
¿Quién tú eres, man?

[Fidel Castro]
Fidel Hipólito.

***
Letra: Alexis Romay
Basado en Hamilton: An American Musical, de Lin-Manuel Miranda
Música: Lin-Manuel Miranda
Orquestación: The Hamilton Instrumentals, por Original Broadway Cast of Hamilton
Ilustración: Garrincha

PD: Adivina de quién se trata y luego escucha “Agent Orange Virus Man” en mi blog en inglés.

 

Pablo Medina: San Givin en la playa


San Givin
en la playa
Pablo Medina
Traducción de Alexis Romay

El olor a cangrejo de las playas invernales
es como el aliento de un político
que ha regido el país
durante meses sin un cepillo de dientes.
Ha dejado a la deriva a su esposa, a su hijo estupefacto,
a sus amantes furiosos que le creyeron el elegido.
El político tiene manos doradas,
ojos azules de pececillo, una voz que hace rechinar
las bisagras rotas del enero de 2017.
Toda la niebla de sus pronunciamientos
hace que el día se torne gris cual leche cortada.
Con el pecho erguido como el pavo
que acaba de perdonar, ahora habla
a las legiones que son su espejo:
voten por el acosador de menores, los ricos deben
enriquecerse más, haremos que llueva fuego sobre nuestro enemigo.
Una gaviota grazna en el viento.
Las olas rompen en un rojo neón y falso.

***
Publicado originalmente en Pen.org.

¿Donde está el compañero que me atiende? 

el_compa_queLa primera vez que escuché la frase “el compañero que me atiende” fue de boca de mi madre. Acaso porque era todavía un adolescente o quizá porque vivía en el pueblo y no veía las casas, lo primero que me vino a la mente fue que se trataba de un eufemismo. Que lo era, solo que pensé en otro tipo de eufemismo. Ella recién se había divorciado y en el acto se me ocurrió que el circunloquio apuntaba a una atención más de la índole de “quién tiene tienda que la atienda y si no, que la venda”. Qué discreta esta madre mía, me dije. Qué manera de no querer involucrar a su hijo en asuntos del corazón.

La realidad, como acostumbra, era menos romántica. Mi madre, por aquellas fechas, era directora de una galería de arte que, dada su naturaleza y prominencia, la exponía a un intercambio directo y sistemático con toda suerte de turistas, que incluía desde a quienes se contentaban con regresar a su tierra con un paisaje del malecón y unas palmeras hasta a renombrados coleccionistas y dueños de galerías de diferente rango de un sinnúmero de países.

Por lo visto, el compañero de marras se le aparecía de vez en cuando a la autora de mis días para ver cómo iban las cosas por el trabajo, para indagar sobre la identidad de los extranjeros que visitaban la galería, o la de los empleados que tenían contacto con estos y, obvio, para cuestionar la intención de algún cuadro de tal o cual pintor, o de algún que otro comentario en un catálogo o en unas palabras de inauguración de alguna muestra individual o colectiva. Mi madre respondía con evasivas, subterfugios, vaguedades. Después de un tiempo de ese gardeo a presión, se decantó por irse con su música a otra parte y trabajar por cuenta propia como curadora y representante de artistas del patio. Y ahí sigue, tan campante, en Miami, con un único compañero que la atiende: su esposo.

Ahora le damos fast forward a la cinta y nos detenemos en el instante en que Enrique Del Risco me invitó a participar en El compañero que me atiende, esta antología que en su corta existencia ya ha demostrado lo mucho que se echaba en falta en la literatura nacional. Mi respuesta fue a partes iguales entusiasta, definitiva e inmediata. Ya que estábamos, le comenté que no tenía certeza absoluta, pero sospechaba —ah, la ubicuidad de ese verbo en la cosa cubana— que había tenido un compañero que me atendía: ciertas locuciones, gestos, silencios, muletillas, tics verbales, reticencias y recurrencias (me) indicaban que el tipo era del aparato represivo cubano y que hacía lo (im)posible por aconsejarme, intimidarme o reclutarme a la historia universal de la infamia. Del Risco me respondió que si no estaba del todo seguro entonces lo más probable fuese que no se tratara del compañero que me atendía; en ese caso, hablábamos de un comemierda o un comecandela, que, ya se sabe, son uno los dos, como el grupo Moncada y la chealdad congénita.

Por fortuna, para el momento en que me escapé de aquella isla de difícil mención tenía bastante poca obra publicada; esa coyuntura me facilitó la fuga. La invisibilidad en el mundo literario local y ese no pertenecer a grupo, taller o generación presuntamente me alejaron de los radares de los compañeros que atendían a los escritores rodeados por la maldita circunstancia de la sospecha y el agua por todas partes.

Desilusionado y feliz —sobre todo feliz— de nunca haber tenido un compañero que me atendía, opté por participar en este compendio con un fragmento de mi novela La apertura cubana.

Si a pesar de este preámbulo resulta que sí tuve compañero que me atendía, ya que no me pudo persuadir, desde estas páginas le devuelvo el favor y le invito a cambiar de oficio y pasarse a uno del que no tenga que avergonzarse.

El castrismo o el arte de…

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• El castrismo o el arte de hablar de la cosa sin mencionar la cosa
• El castrismo o el arte de hablar de la cosa sin mencionar el miedo a la cosa
• El castrismo o el arte de cambiar de tema cuando se habla de la cosa
• El castrismo o el arte de la indiferencia
• El castrismo o el arte del relativismo simplón
• El castrismo o el arte del relativismo a secas
• El castrismo o el arte de buscar la paja en el ojo ajeno
• El castrismo o el arte de lo mío no es lo política
• El castrismo o el arte de yo no meto en eso
• El castrismo o el arte de peor están en ________________
• El castrismo o el arte de tú lo que eres un extremista
• El castrismo o el arte de silenciar al exilio cubano
• El castrismo o el arte de no me vas a negar que tuvo sus cosas buenas
• El castrismo o el arte de cuál es tu opinión de esos cubanos de Miami
• El castrismo o el arte de tú no serás uno de ellos
• El castrismo o el arte del intercambio cultural en un solo sentido
• El castrismo o el arte de los cubanólogos foráneos
• El castrismo o el arte de no pronunciar la palabra “dictadura”
• El castrismo o el arte de pronunciar la palabra “dictadura” para hablar de Batista, Pinochet, Perón…
• El castrismo o el arte de Silvio Rodríguez
• El castrismo o el arte de confundir la guapería con el valor
• El castrismo o el arte de conmemorar el castrismo
• El castrismo o el arte de la academia estadounidense y su fascinación con el castrismo
• El castrismo o el arte de organizar coloquios para celebrar la importancia histórica del castrismo
• El castrismo o el arte de hablar del castrismo con curiosidad antropológica
• El castrismo o el arte de hablar del castrismo como si no fuera una dictadura
• El castrismo o el arte de hablar del castrismo como si no fuera una dictadura vigente
• El castrismo o el arte del artículo 39 (ch) de la Constitución de la República de Cuba que establece que “es libre la creación artística siempre que su contenido no sea contrario a la Revolución”
• El castrismo o el arte de no enterarse de que la “ch” es un dígrafo
• El castrismo o el arte de que los balseros que murieron en el mar huyendo del castrismo no provoquen compasión alguna
• El castrismo o el arte del olvido
• El castrismo o el arte del borrón y cuenta nueva
• El castrismo o el arte del cubano que emigra por motivos económicos
• El castrismo o el arte de despotricar contra el exilio cubano
• El castrismo o el arte de las falsas equivalencias
• El castrismo o el arte de en esta entrevista quiero hablar de música y de pelota
• El castrismo o el arte de los cortapisas frente a las cámaras
• El castrismo o el arte del (miembro del) público que prefiere escuchar la opinión de un experto norteamericano antes que la de un exiliado cubano
• El castrismo o el arte de idealizar las ruinas del castrismo
• El castrismo o el arte de convertir a un país en la finca privada de los Castro
• El castrismo o el arte de convencer a la prensa internacional de que en dicha finca privada todo es de todos
• El castrismo o el arte de elecciones para qué
• El castrismo o el arte de exonerar de culpas a Fidel Castro
• El castrismo o el arte de exonerar de culpas al castrismo
• El castrismo o el arte de pretender que no se habla de una dinastía
• El castrismo o el arte de culpar al embargo de todos los males
• El castrismo o el arte de las antologías literarias cubanas en español e inglés que desconocen la escritura del exilio
• El castrismo o el arte de hablar de los cubanos de aquí y los cubanos de allá
• El castrismo o el arte de secuestrar el ideario martiano
• El castrismo o el arte de la cartilla de racionamiento trasmutada en libreta de abastecimiento
• El castrismo o el arte de delatar al vecino, al pariente, al amigo
• El castrismo o el arte de sospechar del vecino, del pariente, del amigo
• El castrismo o el arte de no despojarse del miedo luego de varios años de vivir fuera de Cuba
• El castrismo o el arte de evitar autodenominarse un exiliado
• El castrismo o el kitsch
• El castrismo o el arte de las camisetas del Che Guevara
• El castrismo o el arte de pasar por alto los muertos del Che Guevara
• El castrismo o el arte de destrozar a Cuba
• El castrismo o el arte de destrozar a Venezuela
• El castrismo o el arte de hablar de la dignidad mientras se vive sin ella
• El castrismo o el arte de te dije que no me preguntaras más sobre mi posición ideológica
• El castrismo o el arte de hablar en primera persona del plural
• El castrismo o el arte del hambre, la miseria y la represión compartidas
• El castrismo o el arte de tatuarse a un dictador octogenario en el hombro
• El castrismo o el arte de confundir a Cuba con el castrismo
• El castrismo y las infinitas mutaciones del castrismo
***
[Ilustración: Garrincha].

Vista del anochecer en el Trópico

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En una advertencia que figura en el último párrafo del prefacio —y se repite en la portada interior— de Con una canción cubana en el corazón, Iván Acosta declara que “podría vivir con muy pocas cosas materiales, con casi nada. Pero no podría vivir sin mi colección de discos, sobre todo los de música cubana”.

Escribir “poca cosa” y referirse, en el mismo suspiro, a su colección de discos es, en el mejor de los casos, una imprecisión y, en el peor, una injusticia. Porque esto, que es la punta del iceberg, de poca cosa no tiene nada. Tomando como punto de partida un catálogo que compila más de 5 000 LPs, Acosta crea un relato que hilvana anécdotas personales con el devenir de una nación que se fue a bolina. Para ello, se vale de más de doscientas cubiertas de álbumes con las que cuenta una historia a la vez íntima y colectiva.

Me impresiona, pero no me extraña, esta incursión de Iván Acosta en un género híbrido, al sacar a la luz un libro que, al decir del autor, no es “una novela política, ni un manual de la historia de la música cubana y mucho menos una autobiografía”, pero que, en mis palabras, es mucho más: es memento, vademécum, resto de un naufragio, álbum de postales, vista del anochecer en el Trópico, pieza de museo, cronología de la vida (y la música) de una isla al pairo, antología de la cancionística cubana, colección de viñetas; en fin, retrato a pinceladas de esas dos patrias que tienen nuestros coterráneos: Cuba y la noche —la noche que eternizara Sabá Cabrera Infante en su documental P.M., la noche de los Tres tristes tigres de su hermano Guillermo, la noche cubana que con el tiempo transmutó la sonrisa en una larga mueca de hastío.

Digo que no me extraña la naturaleza de este artefacto porque Acosta nos tiene acost(a)umbrados a sus malabares en los predios de las artes, desdoblándose en compositor, dramaturgo, documentalista, director de cine y de teatro, artífice de Latin Jazz USA, promotor y productor de conciertos, publicista, fundador del Centro Cultural Cubano de Nueva York (y presidente del mismo durante ocho años), músico, poeta, rumbero y medio, y amigo de esos de los que perduran en el tiempo y la distancia. Menciono esta retahíla de facetas de mi paisano pues todas figuran de un modo u otro en las páginas del texto. A veces —como las penas que me maltratan— se agolpan unas a otras y hacen que la inmersión en el libro fluya igual de bien lo mismo con la cadencia de un bolero que en el desenfreno de un mambo influenciado.

Lydia Cabrera decía que había descubierto a Cuba a orillas del Sena. A Paquito D’Rivera le gusta decir lo mismo, pero con el río Hudson como telón de fondo. Yo me pregunto dónde Iván Acosta habrá dado con esa isla que todos llevamos dentro. La pregunta es retórica… y no tanto. Acosta escapó del cocodrilo verde en plena adolescencia. Y, sin embargo, es una personificación de los valores positivos de esa entelequia que es el cubanazo. Quizá la respuesta radique en que, ya en el exilio, este hombre se hizo (más) cubano mediante la música de su lugar de origen y convirtió el cancionero natal en una cosa tangible, en un espacio físico, en una tierra fértil. (No en balde su primer disco, que data de 1978, se titula Canciones de la vida, de la patria y del amor, esas tres abstracciones que nos son tan caras).

Esto de los ríos me recuerda que estar “a la deriva” es casi una condición sine qua non del cubano —y de lo cubano—, particularmente en el último medio siglo de andar dando tumbos por el mundo, huyendo del sueño de la sinrazón y de los monstruos que este ha producido. En el caso de Iván Acosta —como el de quienes comenzaron su fuga de aquella isla de difícil memoria— por vía marítima, la deriva fue también literal. En lo que supongo habrá sido una noche eterna del agosto de 1961, con dieciséis años y un par de discos que rescató antes de (a)saltar al barco en el que escaparía, con su familia, rumbo a Jamaica, Iván Acosta se hizo a la mar. Y trajo la música (cubana) consigo. Él no la abandonó y ella, que sabe ser agradecida, a lo largo de las décadas le ha devuelto el favor con creces.

Esos dos discos que huyeron de Cuba con el autor se encuentran representados en sendos LP incluidos en esta edición de lujo, que abarcan desde Olga Guillot a Benny Moré, de La Lupe a Dámaso Pérez Prado, de Cándido Camero a David Oquendo y sus Raíces Habaneras, pasando por un bossa nova y un bolero del propio Acosta.

Como dirían en La Habana: aquí hay para comer y para llevar. Así que pasen, lean, escuchen. Esto no es un libro. Esto es una fiesta.

Alexis Romay
Nueva Jersey, 29 de junio de 2017

***

Publicado en el blog de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio (11 de julio) y en Diario Las Américas (28 de julio).

 

Los que se portan bien


Luego de ser censurada en La Habana,
a pesar del apoyo y el cariño de los cineastas cubanos,
Santa y Andrés ha podido encontrarse
con el público del mundo entero.
Desde el respeto y sin ningún ánimo
de afectar a Cuba,
país al que amo
y del que no me voy a ir,
hemos acompañado nuestro filme
tratando de no hablar de la censura
y de centrarnos
en las cuestiones artísticas del mismo,
el amor y el deseo
de la reconciliación entre los cubanos.

El equipo de nuestra obra
ha sido comprensivo
y abierto al diálogo con los censores.
Creyendo que cualquier tipo
de maniobra
enrarecida
en contra de la obra
después de ya ser censurada
era una cuestión impensable.

Nunca nos hemos aprovechado
de la condición que crearon alrededor del filme,
sabemos que es una obra de arte.

Santa y Andrés ha viajado
a los festivales de Toronto,
San Sebastián, Chicago, Zúrich,
Ginebra, República Dominicana,
Cartagena, Guadalajara, Los Ángeles,
Miami,
Punta del Este, y muchos otros
y en ningún momento
nuestro equipo de realización
ha hecho nada en contra de Cuba.

En este momento el filme
ha sido retirado de la competencia oficial,
volviendo a ser excluido
por su carga política.
Mañana no sé qué tramarán
para silenciar la obra que es mucho,
mucho más que una idea política.

Yo no estoy en guerra con nadie,
yo solo he hecho una película
y me costó mucho trabajo hacerla,
ahora nada ni nadie la va a borrar.

Si así tratan a los que se portan bien
no sé cuál es el objetivo detrás de todo.

Yo,
Carlos Díaz Lechuga,
amo Cuba,
fumo tabaco,
me gusta la playa y he viajado el mundo entero.
No tengo necesidad
de pasar por este tipo de tratamiento.
Ahora yo voy a seguir
defendiendo mi película
y acompañándola a donde pueda.

***
Este poema ya fue publicado en prosa por Diario de Cuba. La ilustración del post es del inestimable @Garrix.

El cangrejo impertinente y el castrismo como telón fondo

bobo nada.jpgA propósito de “Raúl Guillermo Rodríguez Castro: El cangrejo impertinente”, me permito una nota aclaratoria: es tradición en la prensa española gastarle alguna broma a la audiencia en el Día de los inocentes. Esa circunstancia me recuerda que esto, que es una bitácora de notas al vuelo, se presta para la gracia y, por tanto, me permite, una vez al año, difuminar esa línea que separa a la ficción de la realidad.

Las inocentadas que he echado a rodar por estos lares han tenido un tema común: el castrismo y lo perjudicial que es ese régimen para la salud. Tiendo a enfocarme en intelectuales orgánicos, nuevos modos de la infamia (una cerveza revolucionaria, un app para chivatos) o miembros de la estirpe de Lina Ruz e igual calaña. Confieso que hacer la mímica de la verborrea de Mariela Castro, Silvio Rodríguez o Miguel Barnet es todo un desafío. Pero me he dado banquete en el proceso.

Los amigos, conocidos y lectores de este blog que se han creído los textos (o se han reído con ellos): honor que me hacen. Gracias por la lectura y por el voto de confianza. (Desde ya quedan advertidos para diciembre de 2017).

Si les da el apetito, aquí pueden (re)leer las inocentadas que he publicado por acá en años previos:

En 2008: la exclusiva que anunciaba que Mariela Castro Espín había pedido asilo político en España.

En 2009: La razón del tocororo, una crónica de la presentación, en uno de los salones de la Biblioteca Nacional “José Martí”, de un poemario hasta entonces inédito del “General-Presidente”.

En 2010, me pasé con ficha.

En 2011: las declaraciones de Silvio Rodríguez a raíz de un concierto en Quito en el que rompía con el régimen cubano.

En 2012: un “app” creado por la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI) para facilitar a los represores y chivatos cubanos la delación y otras infamias.

En 2013: el lanzamiento al mercado de Comecandela, la cerveza de los revolucionarios.

En 2014: la “decisión” de Mariela Castro de cambiar su orientación sexual, a tono con los cambios que no acaban de llegar.

En 2015: “Yo no tomo meprobamato”, una crónica de la presentación en Nueva York del más reciente libro de memorias Miguel Barnet.