Espero que Sancho Little sea el apodo del balón y canasta no sea el apodo del nuevo fichaje

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Ediciones a bulto

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Algunos errores tipográficos son desternillantes, otros exasperantes y otros bastante desconcertantes.

Uno se imaginaría que los editores de El País pondrían más atención cuando se trata de una gloria nacional: nada más y nada menos que Antonio Banderas. (Además, a todos nos cae bien; no es ni siquiera víctima de la envidia nacional, tan española como la tortilla o la sinvergonzonería de la clase política). Encima, el tema del artículo es bastante serio. No es que hable del gato con botas y demás obras maestras del cine, precisamente.

En fin, a alguien se le olvidó tomar el café o llevaba demasiados en el cuerpo. Yo sólo sé que tuve que leer dos veces lo que le había pasado al pobre Banderas, porque por un momento me dio la sensación de que o le habían extirpado una cochinilla carnívora o  un instrumento africano de percusión.

Nobody expects the Spanish Revolution

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Creo que tengo el deber de añadir una reflexión (o un punto de vista, mejor dicho) sobre lo que lleva pasando en España en las últimas semanas.

Estoy segura de que muchos de mis colegas aquí harían un retrato mucho más agudo y certero de lo que pasa en mi país, pero me siento obligada a compartir lo que me hace sentir como ciudadana española.

Obviamente el hecho de vivir tan lejos tiene sus ventajas y sus inconvenientes, como diría Gila sobre las guerras. Entre las ventajas, que una puede despotricar y maldecir y enfurecerse con más derecho que nadie cuando es la única española en la conversación, igual que realzar una idea de gobierno que queda muy bonita (sobre todo cuando se trata de temas como el sistema de salud o la educación superior libre y asequible. Todo desde el otro lado del espejo del charco, claro). Entre las desventajas, la sensación de haber dejado de lado a conciudadanos que de forma paulatina y casi a ciegas se han lanzado a la calle en masa por una causa común que no sea el fútbol o la lucha contra el terrorismo. De eso hacía décadas.

No tengo mucho que decir, entre otras cosas porque no creo que tenga derecho. Sólo puedo compartir el orgullo inmenso que siento al ver a la juventud de mi país unida por la lucha contra la corrupción que siempre deja devastado al pueblo. Una corrupción institucional y casi un deporte nacional tras años de gobiernos y gobernantes indecentes.

No saben qué va a pasar ni si va a tener consecuencias, y eso es lo que más me enorgullece. No buscan “instant gratification”. Buscan justicia y una vida digna.

Made in Espéin

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Los españoles no nos equivocamos; nos equivocan (y que conste que dura un segundo, en seguida nos recuperamos). Además, esas palabras que se usan por ahí en español, cuando se puede usar un anglicismo perfectamente integrado en la vida (española) diaria, no tienen lugar, porque no suenan bien.

Hoy hablamos del maldito término “marketing”. Porque así es como se usa, y usted se calla la boca. Porque aquellos que osaran usar mercadeo, comercialización o mercadotecnia, no sólo estarían hablando mal, sino que NADIE les entendería.

La reacción de hispanohablantes en determinado foro de idiomas frente a esta incendiaria palabra no provocó estragos hasta que les tocó las narices a los españoles. Los españoles tenemos fama de maleducados y arrogantes.

A mí, que me registren. Yo soy perfecta.

Pero como quiero ilustrar mi ejemplo, aquí va mi cuento:

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Libro de bolsillo


Libro de bolsillo. Nadie más que tú y yo sabemos las horas que hemos pasado suspirando secuencias en el tren, en los aeropuertos, en los ascensores de las compañías más grandes que la vida misma, en los baños putrefactos de las ciudades más inoportunas. Nunca te dejé olvidado, al contrario que mi sentido común. Si lo pienso, no encuentro noche o mañana con café que no cargara contigo. No hay día que no esconda tu portada del resto de la inteligente humanidad. Tú, y sólo tú, me haces sentir tan lista e idiota a la vez. Te amodio con todo mi corazón.